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Eso debió entender, entre tanto ruido de cacerolas y aullidos desesperados del coro independentista, el guardia civil de los GRS sevillanos mientras a duras penas intentaba junto a sus compañeros conciliar el sueño en la población barcelonesa de Calella. Debió pensar que aquellos que pretendían perturbar su descanso, acostumbrados al soniquete monocorde de la sardana, no conocían el poder disuasorio del flamenco, patrimonio inmaterial de la humanidad y más concretamente del fandango, uno de sus palos más arraigados en el sentimiento popular.

Lo del guardia civil es de nota y, ahora que se acerca la festividad de la patrona del Cuerpo, el ministro Zoido debería ir pensando en cómo recompensar este ocurrente y divertido ejercicio de defensa de la integridad psíquica de sus hombres. La solución al orden público en Cataluña en estos días parece sencilla, más guardias civiles y más policías que dominen el arte flamenco. Así de sencillo, nada de botes de humos ni pelotas de goma, bastaría con unos potentes equipos de sonido distribuidos estratégicamente por la geografía catalana y una colección de CD de lo mejor del flamenco desde Camarón a Miguel Poveda, que por cierto es catalán, de padre murciano y madre manchega.

A buen seguro que los estibadores del puerto de Barcelona no negarían el avituallamiento a los cruceros donde pernoctan policías y guardias civiles si de cuadros flamencos se tratara y hasta se podría conseguir que Rufián volviera a sus orígenes andaluces, de los que públicamente ha abdicado en reiteradas ocasiones, y reconociera que es un simple clon de Jon Idígoras y que sus ingeniosas palabras sobre “sacar las manos sucias” de Cataluña no son sino un plagio descarado de las que en el mismo escenario pronunciara el histórico proetarra hace ya la friolera de 27 años.

Y es que más allá de los tópicos y de las interpretaciones más o menos ocurrentes sobre la respuesta espontánea del guardia civil, su gesto, respondiendo al radicalismo de la cacerolada con el sentimiento de un fandango, se ha convertido en el mejor instrumento para desmitificar el victimismo de las huestes independentistas y la coartada de opresión y represión de derechos por la fuerza con la que Puigdemont y Junqueras, esa suerte de Dúo Dinámico del procés, interpretan su particular versión de Resistiré. Y es que no hay cacerola que resista un buen fandango de Toronjo.

Y mientras tanto, entre cacerola y fandango, la vida sigue en Cataluña y en España. Los unos con su festival independentista, a veces puro revival de sus años mozos otras veces pura imitación de auténticos y legales procesos descolonizadores, y los otros ignorando que la defensa del Estado de Derecho tiene un componente ineludible de diálogo entre las partes para poner fin a cualquier pretexto carente de virtualidad democrática. Así las cosas no sería descabellado proponer a Poveda como mediador y que las conversaciones tras el fallido referendúm se lleven a cabo en el Liceu, todo un símbolo de la corrupción del catalanismo independentista de estos días de rosas y vino.

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