Se dice a menudo que el periodismo es el borrador de la historia, pero en los tiempos que corren más bien parece un boceto emborronado y una preocupante alergia a la humildad. El reciente episodio protagonizado por Sonsoles Ónega, a cuenta del puente José León de Carranza de Cádiz, no es solo el ejemplo gráfico del “tierra, trágame”; es un síntoma clínico de una dolencia que padecen (por lo general) nuestros congéneres de la esfera pública: la incapacidad de pedir perdón sin intentar, de paso, dar una lección de moralina.
Tirando de argot, contextualicemos el naufragio. En plena cobertura informativa, la presentadora, previo plano televisivo, afirmó con rotundidad que la borrasca Leonardo había devastado las inmediaciones del puente gaditano. La realidad, ese detalle impertinente que a veces cruza las escaletas, era groseramente distinta: lo que se veía no era más que el océano Atlántico. Sí, ese “charco” que lleva ahí unos cuantos millones de años, y que, por norma general, suele estar bajo los puentes. Un error geográfico de tal magnitud que hasta los mapas ancestrales de Juan de la Cosa habrían crujido en sus estanterías.
Hasta aquí, el error es humano. Todos hemos tenido un lunes en el que las neuronas están de paro biológico. Tras el aluvión de críticas y mofas servidas en redes sociales (ese deporte nacional tan sano como cruel), Ónega decidió abordar el asunto. Pero en lugar de una disculpa llana, directa y honesta, nos regaló una de esas perlas que merecen ser enmarcadas en el museo de la soberbia contemporánea.
Con un gesto que pretendía ser magnánimo pero que destilaba cierto tufo a superioridad, sentenció algo parecido a un “Que Dios tenga en su gloria a los que no se equivocan”. Y ahí, damas y caballeros, es donde la disculpa se vacía de contenido para llenarse de ego.
Cuando el reconocimiento de error se disfraza de ataque preventivo
Puede parecer una tontería, pero resulta llamativa esta conducta de alguien que, recientemente, ha sido galardonada con el Premio Planeta y que también comparte el noble oficio de tejer historias a través de las palabras. En definitiva, la literatura trata sobre la condición humana. Y no hay nada más humano que la fragilidad del error. Sin embargo, ese día, la fragilidad se disfrazó de ironía ofensiva.
Al hilo, existe un dicho que reza “Si lo que vas a decir no es más bello (o mejor) que el silencio, mejor no digas nada”. Por tanto, si la disculpa va a ir acompañada de un reproche, el silencio habría sido la mejor opción. Sobre todo porque el silencio no engaña; la falsa disculpa, sí.
Lo realmente preocupante del asunto en esta metedura de pata sideral es la desconexión preocupante con la realidad que hay más allá de la M-30. Para muchos comunicadores con base en la capital del reino, el resto de la península es un decorado difuso donde la gente transita a lomos de un caballo cual spaghetti western.
Por eso, y a modo de epílogo, me tomo el atrevimiento de darle un pequeño consejo.
Querida Sonsoles, la próxima vez que el agua lama con furia las columnas del puente, recuerda: es la naturaleza. Y si te equivocas, prueba con un simple “perdón, ha sido un lapsus”. Te aseguro que la gloria terrenal, la de X y la de los memes, te será mucho más propicia que invocando a Dios para tapar un renuncio. Al fin y al cabo, el silencio siempre es una opción, y suele ser la más inteligente cuando el agua te llega al cuello… o al puente.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
