Solemos impregnar de minutos de elogio los últimos que le restan de vida al futuro finado. Y si era célebre o se marchó en manera trágica, ofrendamos minutos de silencio a su despedida.

Hace años, los televisores enmudecieron. Es poco frecuente, pero ocurrió. Entre el habitual y colorido arsenal de efectos sonoros y melodías con los que las agencias publicitarias ilustraban sus campañas para las grandes marcas, una decidió dar la callada por respuesta. Y no es que renunciara a poblar el espectro catódico con su sugerente y particular arenga consumista, es que decidió hacerlo empleando el más paradójico de los elementos sonoros: el silencio. Seguramente, la recordarán. Era una factoría de aparatos de aire acondicionado que se jactaba de fabricar los cacharros menos ruidosos del mercado. Tanto es así que, extasiados por los efluvios de la retórica publicitaria, identificaban el nombre de la marca con el silencio. “Fujitsu, el Fujitsu”, era el eslogan que probablemente les suene. Este recurso, en el que se sustituye un término por otro que le hace las veces de metafórico homólogo, se conoce como metonimia. En poesía, es muy recurrente. Pero también lo es en la vida real.

Estos que vivimos son días de metonimia, días en los que empleamos un término cuando realmente querríamos colocar otro en nuestra garganta. Podríamos llamarlo hipocresía, eufemismo, política, supervivencia… el caso es que desde muy pequeños aprendemos a dosificar esa sinceridad descarada y descarnada con la que los pocos años nos obsequian. Así es. Por eso, cuando fallece alguien vil, solemos dejar de lado aquello que realmente pensamos de él y dulcificamos, para deleite de propios y extraños, nuestras impresiones habladas. Estamos acostumbrados a actuar así, a mentir así, a callar así. Solemos impregnar de minutos de elogio los últimos que le restan de vida al futuro finado. Y si era célebre o se marchó en manera trágica, ofrendamos minutos de silencio a su despedida. Todo dentro de la más protocolaria corrección metonímica.

En ocasiones, unos pocos se niegan al silencio y no se hallan cómodos entre tanta figura poética. Hay quien comparte más o menos su proceder, pero es una opción legítima. Al fin y al cabo, no habría por qué recurrir al halago que otrora no acompañó. En esos casos, si persiste el conflicto interno, quizá fuera mejor recurrir al Fujitsu o acudir a un lugar donde no fuera preciso guardarlo.

 

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