Desorientados

A los hombres nos dicen que las mujeres no pueden ser nuestras amigas, y por eso nuestra relación con ellas casi siempre está marcada por un solo objetivo

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Miembro de la Asociación de Hombre Igualitarios de Andalucía. (A Rocío siempre, antes, después y luego)

Lectura Masculinidades Pacíficas por la Igualdad en Jerez.  ¿Están los hombres desorientados?
Lectura Masculinidades Pacíficas por la Igualdad en Jerez. ¿Están los hombres desorientados?

A los hombres nos dicen que las mujeres no pueden ser nuestras amigas, y por eso nuestra relación con ellas casi siempre está marcada por un solo objetivo.

Dice el diccionario que desorientar es causar en una persona confusión o desconcierto. Pues bien, desde que el feminismo es una realidad tangible en nuestras vidas masculinas, y la presencia de las mujeres en todos los ámbitos una obviedad, leo y escucho que los hombres andamos desubicados y desorientados sin saber cuál es el nuevo rol que tenemos que cumplir.

Sin embargo y aun siendo verdad esta afirmación, pues el avance de las mujeres nos obliga de un lado a ceder los espacios públicos que siempre hemos acaparado, y de otro a ocupar esos ámbitos privados de los que históricamente hemos huido, y esto nos produce desconcierto, furia y muchas veces violencia, no creo, y hablo en primera persona, que nuestra desorientación sea solo la  consecuencia de esta presencia de las mujeres, sino de una confusión innata a nuestra condición de hombre masculino, provocada por las contradicciones con las que vivimos y que la mayoría escondemos. Quizás uno de los triunfos del feminismo haya consistido en visibilizar este desconcierto. Me explico.

Soy un hombre heterosexual y en parte cisgénero, es decir alguien que se identifica  con el sexo y el género que le asignaron al nacer. A las personas trans les ocurre lo contrario. Pero en esta identificación con el género hay mucho de mentira en mí, y creo que en la mayoría de los hombres.

Desde pequeño me educaron y socializaron, como a cualquier hombre, con arreglo a las normas de un concepto muy definido y rígido de comportamientos, maneras de sentir, control y expresión de las emociones, atrofia de los afectos, fuerza, virilidad y apariencia pública. Obligaciones que a todos los hombres nos imponen, acompañas del temor a no dar la talla y ser expulsados del “paraíso”.

Porque la realidad no es uniforme ni tan homogénea como el machismo nos hace ver, y todos los hombres ocultamos inseguridades, disconformidades, desubicaciones, disidencias, pérdidas, en un mundo en el que en demasiadas ocasiones no nos sentimos ubicados, pero al que no nos atrevemos a plantar cara.

Nunca me identifiqué con las señas de identidad de lo masculino con las que me obligaron a vivir, testosterona, fuerza, chulería, violencia, agresividad, menosprecio y temores disimulados, pero así he vivido durante muchos años, quizás sin ser consciente, reprimiendo las emociones, ocultando las pesadillas, ignorando mis contradicciones, desconcierto y malestar, incluso participando de forma activa en unos rituales que detestaba.

Creo  que la crisis de la masculinidad no la provoca el feminismo, ni las nuevas masculinidades, la crisis es la de unos hombres que aparentamos ser lo que no somos, liderando un mundo desde posiciones de privilegios que quizás no queramos ostentar, pero a los que somos incapaces de renunciar.

No soy un hombre fuerte, ni viril, me gusta llorar, emocionarme, mostrar mis inseguridades y miedos, aprender a amar como nunca me han enseñado. No quiero que mis pensamientos masculinos manden en mi vida, imponer nada a nadie, quiero seguir teniendo contradicciones, trabajo para ello. No quiero que sea tarde.

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