Desesperación para la creación: nuestras decadentes paredes

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

Hace pocos meses hablaba con un joven creativo local sobre la situación de Jerez respecto a las oportunidades con las que aquí se cuenta a nivel expositivo y creativo pese a muchos esfuerzos con proyectos autogestionados que apenas sin recursos tratan de estimular el sector cultural de la ciudad, que agoniza cotidianamente. Fue desolador y ambos llegamos a la conclusión de que en la ciudad existe una depresión generalizada que parte de un par de cuestiones. En primer lugar de ser conscientes del potencial real de la ciudad. No olvidemos que siendo una ciudad pequeña hemos tenido representación en la principal feria de arte contemporáneo del país con artistas locales. En segundo lugar de observar cómo las clásicas relaciones de clientelismo invaden la cuestión creativa volviendo a poner en evidencia los males de esta nuestra Andalucía.

El último invento creo que fue hacer un centro de arte en el edificio de Correos, algo que suena disparatado teniendo en cuenta que ni siquiera en la ciudad funciona el Zoco de Artesanía, que la sala Pescadería Vieja tampoco está para tirar cohetes y que las salas autónomas no subsisten si no es con formato de bar. Ese ofrecimiento no materializado y de corte electoralista nos sirve para exaltar que la ausencia de una estrategia en el campo creativo no se basa en la coyuntura del “no hay un duro”, ya que un centro creativo de ese tamaño implica unos costes considerables, sino de la voluntad de quienes ejercen el poder, que siguen viendo en el ambiente artístico un filón de votos, como una oportunidad para tirar lazos clientelares en vez de verlo como una oportunidad de expresión, creación per se y desarrollo. En buena medida de ahí deriva la sobredosis de bodegones y marinas anquilosadas en la estética de hace un siglo.

Observemos por ejemplo el arte urbano, que hace unos años estaba al alza en la ciudad y que se presenta hoy como un tema de marketing urbano para muchas ciudades, donde se convocan exhibiciones, exposiciones, certámenes y rutas culturales. El mismo amigo comentaba: “antes se podía pintar en algunas paredes que para eso estaban y estaba la cosa más animada, pero ahora ya es que no se puede pintar ni donde está permitido bajo amenaza”. La justificación real es evidente, pues todo se ha ido reprimiendo y doblegando desde que un artista local realizó piezas de bastante calidad con crítica social, un hecho que abría un nuevo campo comunicativo al que los políticos, sean quienes sean, temen. De este modo se renuncia a la posibilidad de crear hitos urbanos llamativos, espacios que aporten al decadente paisaje de nuestro centro histórico un ápice de modernidad.

Así que nada, nuestros creativos seguirán decorando otras ciudades que se sumarán el tanto. Nosotros mientras disfrutaremos de unos muros pintados hace más de una década por principiantes (muchos hoy bastante mejores que entonces) dirigidos por un creativo-político-cliente con escaso acierto estético que afean bastante la carta de presentación de la ciudad. Una pena con tanto talento activo.

Miguel González Márquez.

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