La última bala de Susana

Yo he sostenido siempre que las primarias, ese ejercicio de desnudez pública al que los socialistas se vienen sometiendo desde hace años, las carga siempre el diablo

Espadas y Díaz, en junio del año pasado.
Espadas y Díaz, en junio del año pasado.

Mañana puede ser un gran día no lo dejes escapar, eso deben estar pensando para sí gran parte de la militancia del PSOE de Andalucía. Se celebran las primarias que deben decidir la persona que encabezará la candidatura socialista en las próximas elecciones andaluzas cuya fecha es el secreto mejor guardado de Moreno y su fiel escudero Bendodo. Yo he sostenido siempre que las primarias, ese ejercicio de desnudez pública al que los socialistas se vienen sometiendo desde hace años, las carga siempre el diablo y que su resultado es difícilmente predecible, como ya ocurriera con las que ganó Zapatero o más recientemente Pedro Sánchez.

Estas primarias andaluzas no han estado exentas de esa tensión interna característica de este tipo de eventos. Y con total seguridad, a tenor de lo visto, leído y escuchado en estos días, quien más ha contribuido a ello ha sido el equipo de campaña de Susana Díaz, un equipo que ha brillado por la oscuridad de sus ideas y por el copia y pega de argumentarios basados en anteriores campañas internas. Lejos quedan ya aquellos tiempos en que Susana se paseaba entre muchedumbres adictas al oficialismo gobernante en la Junta de Andalucía y utilizando todos los recursos que la Dirección Regional podía ofrecer. Eran aquellas primarias en las que Luis Planas, hoy ministro de Agricultura de Sánchez, intentó la gesta épica de vencer al oficialismo gobernante combatiendo contra los molinos de viento de San Vicente, mientras el ínclito José Antonio Jun, versión tuitera, amenazaba con cajas y cajas de avales que nunca llegaron a su destino.

Pero ahora, independientemente de lo que la suerte depare a las distintas candidaturas, Díaz, Espadas e Hierro, la situación es bien distinta, Susana ya no gobierna en la Junta, Espadas ha sabido conformar un talante de buen gobernante al frente del Ayuntamiento de Sevilla y Luis Ángel Hierro vuelve a la arena orgánica intentado convertirse en el candidato de las bases. Y es aquí donde al equipo de ideas de Susana se le apagaron las luces cuando decidieron enfangar el terreno de juego como hacía aquel entrenador vasco cuando presentía que era difícil ganar el partido. Primero fue aquello de un militante, un voto, como si alguna vez hubiera sido posible el doble voto de una persona, un lema importado de la campaña de Sánchez y redecorado con purpurina andalucista.

Más tarde llegaba la bomba del argumentario susanista, la afirmación de que no la querían por el hecho de ser mujer. Flaco servicio el de Díaz a la causa feminista de la que precisamente ella no ha sido un adalid como demuestra el largo elenco de parlamentarias a las que ha hecho abandonar su cargo y mujeres miembros de su Ejecutiva Regional que han sido condenadas al ostracismo sin ningún miramiento, pueden preguntar por ello a Ángela Férriz, una de las victimas más conocidas de las limpiezas étnicas del susanismo orgánico, sólo por poner un ejemplo.

Y la última línea argumental del discurso susanista da muestras de la indigencia intelectual del equipo director de su campaña, contaminado aún por el fantasma de Máximo Díaz Cano, conductor de la campaña en las primarias contra Sánchez y que ostenta el record Guinnes de primarias perdidas, las de Bono frente a Zapatero, las de Chacón frente a Rubalcaba y las de Díaz frente a Sánchez. Y la bomba no es otra que acusar de sucursalismo federal a la candidatura de Espadas en un intento desesperado de envolverse en  la verde y blanca, queriendo con ello hacernos creer que Espadas es un simple virrey del sanchismo en Andalucía. Patética la compulsión andalucista de la candidata Díaz cuyos seguidores se han lanzado a las redes sociales con esa munición argumental disparando hasta al pianista. Pero la que sabe bien que esta es su última bala es la propia Susana, a la que sigue sin importarle, como ha hecho históricamente, sacrificar a su tropa con tal de salvarse ella. Que Dios reparta suerte y justicia…



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