El vicepresidente, Juan Marín, y el presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno, en una imagen reciente.
El vicepresidente, Juan Marín, y el presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno, en una imagen reciente.

Corren tiempos de divorcios políticos, de infidelidades que acaban en mociones de censura que vienen a ser como los juzgados de familia de la aritmética parlamentaria, de rupturas de parejas de hecho que acaban precipitando la voluntad ciudadana en las urnas de manera abrupta e inesperada sin reparar que más allá de las ingeniosas ocurrencias de los asesores políticos, puertas afueras de sus cálidos despachos, la vida cotidiana de la gente sigue estando marcada por el sufrimiento de una terrible pandemia y el temor a perder su modus vivendi.

Por eso resulta enternecedor que en este escenario de infidelidades y rupturas los máximos responsables de los partidos gobernantes en nuestra tierra comparezcan en la plaza pública, sin que nadie se lo haya pedido, para proclamar su amor inquebrantable a los cuatro vientos como si de sus bodas de plata se tratara. Hay quienes han interpretado la comparecencia de Moreno y Marín aplicando la máxima latina medieval del excusatio non petita, accusatio manifesta a tenor del rictus serio, rayando lo trágico, que se había apoderado de sus rostros desde que se conoció la voladura controlada que Díaz Ayuso había llevado a cabo del Gobierno de coalición madrileño.

Esa comparecencia, una declaración de amor en tiempos revueltos, parecía haber puesto punto y final a los rumores y especulaciones que se habían apoderado del escenario mediático y también de los corrillos políticos en Andalucía. Había incluso quien afirmaba que la alegría había vuelto al rostro de Susana en un ejercicio impensable del más difícil todavía. Pero a pesar del aire de tanatorio político que invadía el patio del Parlamento y la aflicción reflejada en los rostros de los mandatarios la renovación de los votos matrimoniales surtió el efecto deseado tranquilizando a las huestes de la derecha gobernante y de paso también a la extrema derecha que les sirvió de padrino de bodas.

Pero ya se sabe que Marín es hombre de visión cambiante hasta el punto de que en ocasiones la velocidad de la luz le parece lenta a la hora de rectificar lo afirmado con anterioridad. Y ocurrió que todavía no se habían apagado los ecos de los fastos matrimoniales cuando en plena resaca el aceitunero mayor del reino y a la par secretario nacional del Partido Popular, el ínclito Teodoro García Egea, lanzaba la temida OPA sobre el partido de Arrimadas, a quien Marín parece querer menos que a Moreno a tenor de lo que se cuenta por los mentideros políticos de la formación naranja.

Y así fue cómo García Egea obró el milagro de que Marín recuperara su proverbial habilidad para pasar del blanco al negro sin tiempo para detenerse en el gris. De motu proprio, o inspirado desde las alturas, renegó de la pax romana de la que presumía horas antes para responder con una contundencia de patio de preescolar a la incitación al transfugismo del alto cargo popular. Resulta difícil pensar, conociendo a Marín, que la sangre llegue al río aunque conociendo la afición por el teatro de Marín y Moreno no es descartable que esto termine como aquellas Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga.

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