Fernando Simón, en rueda de prensa. FOTO: Fotos: Pool Moncloa/Jorge Villar
Fernando Simón, en rueda de prensa. FOTO: Fotos: Pool Moncloa/Jorge Villar

Que el doctor Fernando Simón se ha convertido a lo largo de estos meses en la referencia obligada para la gente de buena fe de nuestro país es una realidad irrefutable. Cuando la incertidumbre y el miedo a la enfermedad invadían el estado de ánimo colectivo las comparecencias de Simón se convirtieron en el más eficaz de los ansiolíticos sin efectos secundarios. Su rostro amable, sin dramatismos añadidos, y su palabra medida, exenta de cualquier afectación tremendista, nos fueron ayudando a comprender la gravedad de la enfermedad a la que nos enfrentábamos y la necesidad del esfuerzo colectivo para combatirla.

En medio de una batalla sin precedentes donde las fake news y la desinformación se convirtieron en el hilo conductor de una batalla política cainita, sus ruedas de prensas se convirtieron en el oasis donde refugiarnos en ese desierto de ilusiones en el que habían convertido nuestra vida cotidiana.

Pero si para la inmensa mayoría de la gente Fernando Simón ha representado como nadie la lucha colectiva contra la enfermedad, junto a esa legión de sanitarios que cada día se jugaban su integridad física por preservar la ajena, para los adversarios políticos del Gobierno este aragonés impasible e inasequible al desaliento se convirtió desde el principio en la diana sobre la que lanzar sus descalificaciones y ataques más groseros. El último en apuntarse a ese pasatiempo perverso de la derecha extrema y la extrema derecha ha sido el prestigioso enólogo practicante del Partido Popular Rafael Hernando, el paladín del insulto, la calumnia y la difamación, una versión bufa de la inigualable Cayetana.

Hernando ha sido el último en rematar en tablas mientras intentaba cornear al bueno de Simón convertido sin pretenderlo en el José Tomás de la terrible pandemia que nos azota desde hace más de tres meses. Pero por desgracia Hernando no ha sido el único que se ha aventurado por esos renglones torcidos de Dios, ya lo hicieron antes muchos de sus correligionarios de Vox y el Partido Popular, al igual que esos extraños promotores de denuncias en los juzgados que terminan archivándose sin solución de continuidad y entre las que se encuentran las de la Unión de Mandos de la Guardia Civil, insignificante y deconocida en la defensa profesional de los agentes de ese Cuerpo, o el nuevo sindicato policial Jupol que a las primeras de cambio ha confundido su razón de ser y existir, la defensa de los intereses profesionales de los miembros del Cuerpo Nacional de Policía, para entrar en la batalla política en el bando de los enemigos del Gobierno legítimo que ha cumplido con la equiparación salarial.

Todos ellos han convertido a Simón en un héroe para buena parte de la ciudadanía sin que él en ningún momento lo pretendiera. Porque si algo representa Simón, al que nombró para el cargo una ministra del Partido Popular, la señora Mato, es la investigación científica reiteradamente detestada por esa derecha que la recortó mientras gobernaba enviando al exilio profesional a buena parte de las últimas  generaciones de investigadores, esos cuyo trabajo podría haber ayudado a abrir caminos para luchar contra la enfermedad y que hoy lo hacen en aquellos países que les acogieron tras la diáspora científica que provocó los años de Gobierno de  Rajoy.

Por eso estoy convencido de que enviaron a Hernando a la corrida equivocada pensando que esta era la de la Beneficencia.

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