Manifestación de ucranianos contra la guerra en Jerez.
Manifestación de ucranianos contra la guerra en Jerez. MANU GARCÍA

Cuando parecía que con la pandemia del covid 19 habíamos agotado nuestra capacidad de sorpresa ante lo inesperado, un tipo que recuerda lo peor de la historia del siglo pasado vuelve a poner en jaque la lógica de los comportamientos humanos invadiendo a golpe de misil balístico un país vecino sin más motivación que sus delirios de grandeza. Aunque nos cueste creerlo la guerra con mayúsculas ha vuelto de la mano de un megalómano nostálgico y las certezas del ser humano vuelven a tornarse inseguridad, angustia y miedo a lo desconocido.

La guerra de Ucrania ya está aquí como bien recogen con imágenes terribles todos los medios de comunicación y se han confirmado las peores expectativas que en forma de hipótesis habían circulado a lo largo de este, más que nunca, febrero loco. Putin ha iniciado su particular carnaval de sangre y destrucción desde el mayor de los desprecios hacia la vida  de la ciudadanía ucraniana envuelto en la bandera de la desnazificación del país vecino. El ejercicio de cinismo mostrado por el Presidente ruso sólo puede explicarse desde la ciencia siquiátrica y desde la mirada histórica hacia el último asesino histriónico del siglo pasado, Adolf Hitler.

Los paralelismos entre el líder nazi y el presidente ruso van más allá de las estrategias previas a la invasión militar por mucho que hayan sido abundantes. Debe preocuparnos más el componente ideológico, identitario y megalómano, que en su momento alimentó el nazismo y que hoy se manifiesta de igual manera en el proyecto de la Gran Rusia que se esconde bajo el cinismo libertador manifestado por el líder ruso. Esto no es solo la invasión de Ucrania, es algo mucho más grave y que no escapa al análisis de Europa y los Estados Unidos, es un movimiento geoestratégico de gran calado que pretende modificar las fronteras establecidas tras la desaparición de la antigua Unión Soviética, y también el establecimiento de un nuevo orden mundial donde las libertades y derechos humanos dejen de respetarse sistemáticamente, y es ahí donde aparece el tercer actor, China, donde esas prácticas, como en la Rusia actual, son el pan nuestro de cada día.

La respuesta occidental, que puede parecer tibia por la ausencia del componente militar, no se ha hecho esperar en forma de guerra comercial en la que Europa y los Estados Unidos si gozan de superioridad. Las próximas semanas los efectos de la locura rusa se dejaran notar sin lugar a dudas en el bolsillo de la ciudadanía europea pero nada comparable a lo que puede ocurrir con la ciudadanía rusa a la que la locura de Putin puede conducir en buena parte a la exclusión social en un país donde la oligarquía económica que apoya al régimen gobernante también puede ver como su estatus se debilita, pero demos ahora más que nunca tiempo al tiempo.

 Esta guerra con mayúsculas ha eclipsado en los últimos días la otra guerra, la interna del Partido Popular, que se había convertido en un carrusel de cambio de lealtades donde el “donde dije digo, digo Diego” se convirtió en el hilo argumental de los antiguos amigos de Casado. Espectáculo cruel y propio del mejor de los esperpentos de Valle-Inclán, del que Casado ha salido crucificado pero Ayuso ha podido empezar una larga travesía de la mano de la Fiscalía anticorrupción, también en esta guerra recomiendo tiempo al tiempo.

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