El autor del artículo, mientras le inyectan la dosis de AstraZeneca.
El autor del artículo, mientras le inyectan la dosis de AstraZeneca.

Mientras que en Madrid se libra la madre de todas las batallas con el epicentro en el  engañoso binomio comunismo o libertad,  formulado por la factoría de ingeniería social de Miguel Ángel Rodríguez y el equipo de asesores de la presidenta Díaz Ayuso, con el objetivo de obviar el legitimo debate político entre las distintas perspectivas con las que afrontar los graves  problemas a los que se enfrenta en el día a día la ciudadanía madrileña en estos tiempos de pandemia, aquí en el Sur, como gustan llamar desde fuera a Andalucía, el debate aparece centrado en los últimos días en la vacuna de AstraZeneca, ahora acompañada por la de Janssen, y los eventos trombóticos que se han producido con su uso.

Pero vayamos por partes, en relación con la vacunación con AstraZeneca puedo hablar con conocimiento de causa porque hoy hace ya doce días que recibí la primera dosis y aquí estoy frente al teclado de mi ordenador sin más daño digno de recordar que el dolor en la zona del pinchazo durante los dos días siguientes a la inoculación de la vacuna. Resulta además que las personas de mi generación, que hemos recibido la polémica vacuna, somos en la inmensa mayoría personas que ya contamos con nuestros achaques, unos más que otros, en forma de factores de riesgo como la diabetes o la hipertensión propios de nuestra franja de edad. Entiendo que vacunarme, en mi caso, es un derecho legítimo a proteger mi vida al tiempo que una obligación social para proteger la de los demás y así se lo he hecho saber a quienes me ha preguntado sobre el tema.

Resulta sorprendente la cobardía manifestada por nuestros gobernantes, unos y otros, a la hora de defender la vacunación con AstraZeneca, más pendientes de que pueden achacarles posibles eventos negativos, por mínimos y casi insignificantes que sean en relación con el número de personas vacunadas. De ahí, y sin que sirva de precedente, que por primera vez considere sensata la decisión del consejero Aguirre de solicitar del Consejo Interterritorial de Salud la aprobación de la segunda dosis de esta vacuna de manera voluntaria para los menores de 60 años que en su día ya recibieron la primera y la vacunación para esa franja de edad de quienes lo soliciten.

Y es que como escuché recientemente en una serie televisiva que me tiene enganchado, Dilema, quien no se arriesga fracasa, y no es momento de abonarse al fracaso consentido cuando la cuarta ola empieza a inundar hasta la tercera línea de playa como ha quedado de manifiesto con la declaración de nivel 3.1 de alerta sanitaria en Sevilla y Córdoba, y el nivel 4.1 en Almería y Granada o la propia Sierra de Cádiz en nuestra provincia. Como cuenta la expresión popular el virus nos ha puesto en la tesitura de elegir entre susto o muerte, y lo sensato es lo primero aunque sólo fuese por un instinto inconsciente de supervivencia.

Yo tengo que confesar que aunque no sé cuando empezaré a tener los anticuerpos de la vacuna, ni tampoco el porcentaje de protección e inmunización que alcanzaré, ni mucho menos su duración, sin embargo desde la semana pasada algo ha cambiado en mi forma de ver la trágica realidad provocada por este virus, siento como si me hubiera incorporado de forma activa a la lucha de tantos profesionales contra la enfermedad y con ello mi estado de ánimo ha mejorado considerablemente.

Y aunque me hubiera gustado hablar hoy también de la suspensión temporal de las patentes tiempo habrá para hacerlo porque el debate no ha hecho más que empezar.  

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