El desastre de un rey sin bufón

La función del bufón era la función de control que el monarca establecía sobre sí mismo, y al que protegía para que dijera siempre la verdad de sus pensamientos.

Donald Trump, en un acto militar compartido por la Casa Blanca.
30 de marzo de 2026 a las 11:30h

Ocho millones de estadounidenses protestando en cincuenta estados. Cada vez surgen de los pasillos los rumores de que Trump podría envenenar la guerra contra Irán aun más para tratar de impedir la celebración de la elección de medio término el próximo noviembre. Que nadie le ponga frenos a los delirios trumpistas de guerra y ocupaciones, ni siquiera el bufón, es porque la monarquía se volvió tan vulgar y sería que ya no hay ni bufones. Las reglas, incluso las del sentido común, ese al que siempre apelan las derechas, todas, han desaparecido. Trump ya no se ríe de sí mismo en boca de su bufón.

Estoy recordando al sha de Persia y su fiesta de 1971 en pleno desierto, para la que hubo de construir una ciudad y matar a cualquier cantidad de animales salvajes, para que ninguno de los invitados de medio rango, digamos todo, resultara atacado y quizá muerto. Una fiesta para la que se trajeron incluso al restaurante Maxim’s de París para que cocinara junto a las ruinas de Persépolis. Un sha apoyado sin peros por los Estados Unidos, aunque su presidente de entonces enviara a su vice, para no exponerse él mismo. Un sha que tampoco tenía bufón. Un Trump que además de guerras y ocupaciones, diseña un resort en Gaza y un gigantesco salón de baile para la Casa Blanca.

La función del bufón era la función de control que el monarca establecía sobre sí mismo, y al que protegía para que dijera siempre la verdad de sus pensamientos. ¿Para qué? Para no cometer demasiados disparates. Para no entregarse a los delirios que pudieran surgir de su poder. Para bajarlo a la tierra y que no se creyera un dios: menos un absoluto... Trump, o Netanyahu, se han despojado de bufones y además mueren centenares de periodistas para que no queden testigos ni testimonios de sus atrocidades.

El régimen de los ayatolás fue un resultado de aquella dictadura del sha, cuya tarjeta de visita más ridícula fue aquella fiesta en la que Franco estuvo representado por los príncipes de España, Juan Carlos y Sofía. Hoy, como entonces, es el petróleo: el de Venezuela o el de Irán, o el de Arabia Saudí. A quien no obedezca se le invade o se le destroza. A quien obedezca se le deja que destroce a su gente.

Lo más notable en la presente situación es el silencio de China y el de Rusia. Su silencio en los medios de comunicación europeos o europeizantes. ¡Cómo me gustaría saber mandarín en estos tiempos!

Tiempos, estos, en los que lo más necesario es la politización de las sociedades. Mucha gente confunde el partidismo con la politización, y son dos cosas diferentes. La batalla cultural, algo ya viejo, le hace confundir a muchas personas entre política y partidos políticos. Franco inoculó ese veneno con aquella frase de “Usted haga como yo, que no me meto en política”, que le dijera al viejo Pemán.

Las gigantescas manifestaciones del 24 de marzo, para seguir rechazando el golpe militar de Videla en Argentina ha descolocado al régimen de Milei, unidas a la corrupción investigada por varios tribunales de justicia. Los ocho millones de estadounidenses contra el absolutismo de Trump están despertando a la sociedad norteamericana. Las protestas contra el genocidio en Gaza han hecho visible, y no solo en España, lo inaceptable. A todas esas protestas acuden personas de diferentes partidos políticos. Son personas politizadas, esto es, personas que se interesan por la política mucho más allá de los intereses concretos de partidos políticos concretos. Personas que se interesan por consensos sobre lo que éticamente es correcto o es una aberración.