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Todo para que un simple pacto de conveniencia entre políticos se la quiera llevar por delante. A la Diputación. De nuevo, un fuerte viento comenzó a levantarse en el desierto…

El ser humano siempre ha aspirado a superar su triste condición, ha querido purificarse, aprender, trascender a su propia vida, en definitiva. Han sido cientos de años, miles incluso, buscando fuentes de sabiduría, de perfeccionamiento, o incluso de riqueza, en algunos casos revelados por fuerzas divinas; en otros buscados, cuando no conquistados, por su propio empeño e inteligencia… Años del Paraíso, el Olimpo, la Atlántida, el Valhalla, Shangri-La, el Nirvana, El Templo, El Reino, Avalón, el Parnaso, El Dorado, la Isla Utopía, el Elixir de la Vida, la República, la Comuna, los Falansterios, el Santuario, incluso El Bulli o Pachá Ibiza… Realidad y ficción, empirismo y mística, certeza y frustración… ímpetu humano, en definitiva, sobre el que se ha ido construyendo, edificando, ese anhelo de superación común a todas las épocas de la humanidad…

Todo este saber y hacer acumulado que había finalmente cuajado en una única institución, una institución indestructible, unificadora y por fin, estrictamente humana: la Diputación, la Diputación provincial. Una institución además netamente española, tanto como la tortilla de patata, como tirar las servilletas al suelo en los bares. La Diputación, hay que insistir. Alfa y omega. Fin y principio. Epítome y blasón. La Diputación. Años, milenios de lucha, de constancia, de estudio, de perfeccionamiento humano… Todo para que un simple pacto de conveniencia entre políticos se la quiera llevar por delante. A la Diputación. De nuevo, un fuerte viento comenzó a levantarse en el desierto…

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