El derecho a protestar

A Trump, por ejemplo, no le gustan las protestas y envía más ICEs, con las consecuencias que todøs conocemos

Bardem, con su 'No a la guerra'.
16 de marzo de 2026 a las 10:01h

España se volvió casi el último cuartel de invierno, en lo que a la protesta se refiere. En los Goya, a diferencia de los decepcionantes Oscar; en política internacional, único país que se negó a tomar parte en la guerra y arrodillarse ante los delirios de Trump. En las calles, donde las protestas contra el genocidio contra Gaza o contra la guerra contra Irán no se extinguen: un rescoldo que en cualquier momento puede volver a movilizar, de diferentes modos, a la sociedad. La presencia de la protesta es la posibilidad de la protesta, algo fundamental. Ayer escuchaba, en relación a preguntas que hacían a transeúntes, que ir a las urnas sería la más grande fiesta de la democracia. Tengo que discrepar. Si hay algo grande en democracia, y más grande sin ella, son las protestas, y no solo el derecho a protestar

Protestar es incómodo para cualquiera, es por ello un acto precioso basado en la responsabilidad. Las derechas usan de ese derecho como uno legítimo, y le niegan a las izquierdas que lo tengan. Protestan, las derechas, contra el aborto, pero intentan ahogar a quienes están a favor. El mito de la superioridad moral, también en esto, se desvanece. El derecho a votar es fundamental, pero indisoluble del derecho a protestar. Ocurre en el parlamento: se vota una investidura y se puede votar la censura y la expulsión de la gobernanza a quien la dirige.

A Trump, por ejemplo, no le gustan las protestas y envía más ICEs, con las consecuencias que todøs conocemos. Pero alienta las protestas en Irán, por ejemplo, para que caiga el régimen de los ayatolas. Es la pretensión de las derechas de su supuesta superioridad moral. En verdad se trata de su tiranía disimulada, la de Trump y la de todos los tiranuelos o tiranos que practican la ley del embudo. El derecho a la protesta es anterior a la democracia que conocemos y existe para defender que el derecho nos proteja, incluso cuando ese derecho resulte pervertido: el tiranicidio sería el derecho máximo a la protesta, como en Fuenteovejuna.

Ahora que se cumplen los 250 años de la existencia de Estados Unidos resulta decepcionante, pero aclarador, que en los Oscar la inmensa mayoría fingiera demencia ante las protestas de Javier Bardem o de Paul Thomas Anderson. El resto permaneció calladito, disciplinado, que es lo que persiguen con claridad las derechas, todas las derechas: silencio y que solo hable el mercado defendido con la violencia, cualquiera que sea esa violencia.

Las gentes no entienden que el mercado no habla, y que las voces que se escuchan en los mercados son un griterío de voces diferentes. Que fue precisamente Estados Unidos con sus leyes anti trust quienes comprendieron que el mercado es manipulable, que el mercado resulta manipulado, y esos Estados Unidos pusieron límite a la manipulación y los tejemanejes del mercado. Todo esto, hoy, está desactivado y olvidado, o es desconocido para tantos barbilampiños que defienden al mercado como al obispo que habla ex cátedra. No hay verdad en los obispos, sino opinión, ni en los mercados, que son solo muebles, mercancías y marketing.

Las leyes garantizan una cierta seguridad, de ahí que se desarrollara la idea de discutir las leyes y aprobarlas con la mayor mayoría posible: la democracia. De ahí que se garantizara la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y el derecho a la protesta. Quienes renuncian a la democracia son un peligro para estos derechos humanos que hacen que las personas podamos seguir aspirando a lo más preciado: la libertad. Una libertad a la que ayer renunciaron, prefiero creer, los congregados en los Oscar.