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Tú no lo entiendes, ellas saben de nuestra necesidad y no hacen nada. Esperan sentadas el día en que venga a rogarles, y yo, yo no puedo.

Cada vez que veníamos del pueblo teníamos que visitar a mi tía, la hermana de mi padre. No entendía por qué, mi madre se erguía y tomaba aire según subíamos las escaleras, para suspirar mientras las bajábamos. Alguna vez le pregunté por qué debíamos ir a verla y me contestó que había ojos por todas partes y que siempre habría alguien que le fuera con el cuento. A partir de entonces yo observaba atenta a quiénes se nos quedaban mirando para descubrir a los chivatos.

Antes de que llamáramos a la puerta, me hacía siempre la misma advertencia: “por mucho que nos insistan, aquí no tomamos nada, ya lo sabes”. Y yo asentía con la cabeza para que supiera que me daba por enterada. Nos abría la criada y a través de un pasillo adornado con cacharros de cobre,  tan brillantes que podías verte la cara, nos llevaba hasta la sala y se iba a informar a la señora y a mi prima. Luego llegaban los besos, besos al viento que casi no llegábamos a juntar las caras y nos sentábamos todas en silencio hasta que avisaba para que sirvieran algo a su cuñada. Mi madre soltaba su frase: 

—No pongas nada, venimos ya merendadas. 

Mi tía esperaba esa respuesta, pero esta vez no se dio por vencida: 

—Hoy tienes que probar los chorizos que me han traído, son de la matanza de Antonia y se sentiría ofendida si se entera que no has querido probarlos. 

Pusieron café y un plato con chorizos y mientras charlaban yo no podía dejar de mirarlos embobada. Justo cuando iban a servirme, mi madre tan digna, dijo: 

—No, partiremos el mío por la mitad, si es sólo por no despreciarlos.

Nada más llegar a la calle mi madre fue a tomarme de la mano y yo enfurruñada como estaba, la retiré. Dimos unos pasos y lo intentó de nuevo, me agarró, pero volví a soltarme y me puse al otro lado, donde llevaba el capazo con los mandaos que habíamos comprado en la mañana. En ese momento sólo deseaba ser tan pobre que ni siquiera el orgullo nos quedara, por qué no había podido dejarme comer el chorizo que tan bueno estaba. Entonces vi sus lágrimas, bajaban calladas mientras andábamos con prisa para no perder el coche de línea. Di la vuelta y le agarré la mano. 

—Tú no lo entiendes —dijo—, ellas saben de nuestra necesidad y no hacen nada. Esperan sentadas el día en que venga a rogarles, y yo, yo no puedo—se limpió las lágrimas, se paró a mirarme y me arregló el pelo —ya lo entenderás cuando seas grande— y siguió andando jalándome del brazo. 

Pasados los años, fallecidas mi madre y mi tía, conservaba la costumbre de visitar a mi prima. Ahora aceptaba su café, porque ya no me faltaba nada. Un día, en  medio de una conversación, le comenté bajando la mirada:

—Gabriela Márquez, la hija de María, la tejera, me envió su invitación de casamiento y quise venir a pedirte algo. 

Vi sus ojos brillar, creía que había llegado el momento de verme humillada, que le iba a pedir dinero o una joya prestada. 

—Dime qué era —preguntó nerviosa. 

—No tiene importancia.

—Habla mujer, somos familia.

—Nada, además, ya pasó —dije, haciéndola interesarse más y me levanté, me despedí, iba a marcharme, cuando me adelantó.

—De aquí no sales —se puso delante de la puerta—  sin decirme lo que necesitabas.

—Bueno, en esa fecha no tenía dientes porque me estaba arreglando la boca y pensé si mi prima me prestara su dentadura nueva, podría asistir a la boda.

 —¡Hija de tu madre tenías que ser! —Dijo defraudada— Anda, vete y no pases sin entrar a visitarme.

Tras el grueso portón, podía oír sus carcajadas pasillo adelante y sé que era mi imaginación, pero habría jurado que también reía mi madre.

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