Señales de tráfico, cortando una carretera. FOTO: MANU GARCÍA
Señales de tráfico, cortando una carretera. FOTO: MANU GARCÍA MANU GARCÍA

En nuestras vidas de niños mimados occidentales, no podemos concebir que llegue una pandemia desde el otro lado del mundo solo con un par de meses de demora, como si fuera una compra económica realizada en AliExpress, y que nos mate a tanta gente cercana, que nos meta miedo, que se pierdan cientos de miles de puestos de trabajo, que se hunda la economía. Dentro de nuestros esquemas mentales de privilegio, no entra que estas cosas puedan pasar en nuestra tierra. Hemos visto películas, documentales, artículos, diciendo que algo así podía ser posible, pero ¿quién lo cree? En nuestro mundo todo está bien, y las amenazas de virus solo provienen del lobby farmacéutico, que no tiene escrúpulos y solo quiere vendernos nuevos medicamentos y vacunas.

Aquí, más arriba del estrecho de Gibraltar todo es seguro, ya lo vimos hace unos años, cuando nos amenazaron con un virus SARS o con el de la gripe aviar y al final nunca pasaba nada, solo perdimos un dineral en vacunas que se embolsaron los de siempre. En nuestra soberbia de mundo feliz no caben las dificultades, si acaso permitimos aquellas frustraciones, complejos, inseguridades, que sin duda son culpa de nuestros padres. Nada que no pueda resolver un buen libro de autoayuda o en su defecto, un buen psicoanalista. 

¿Un virus muy contagioso y letal? ¿Dónde, en Netflix, Amazon o Movistar? ¿Qué está pasando aquí y ahora? No puede ser cierto, ¿no puedo disfrutarlo comiendo palomitas? ¿Que tenemos que confinarnos porque está matando a mis vecinos? Hasta Médicos Sin Fronteras, a quien yo hago mis donaciones para que curen epidemias de los pobrecitos niños del lejano Sur, me escriben diciendo que tienen una emergencia “en mi país”. Pero, ¿quién diablos ha permitido que una crisis de esta envergadura afecte a mi vida y a los míos? ¿Dónde está el culpable? ¿A quién votamos? ¿Quién gobierna? ¿Acaso no pago yo mis impuestos? Acabemos con el culpable, linchémoslo y demos por terminado este terror.

Ya habíamos conseguido como sociedad la altanería de creernos parte de la élite mundial, viéndolo todo con la tranquilidad del frigorífico lleno, padeciendo y entristeciéndonos con empatía desde el sillón ergonómico de nuestro salón, al ver las miserias y tristezas lejanas en nuestra hiperrealista pantalla 4K. Esa sociedad que educa a sus hijos sin frustraciones, hijos felices que antes de ser adultos quieren conocer mundo y viajar con la libertad de su pasaporte occidental, vivir la aventura de internarse en países inmersos en la miseria, para hacerse fotos comiendo arroz con la pobreza, con la tranquilidad (y la exigencia) de que papá o la embajada le sacarían de aquella penuria ante cualquier dificultad. 

Nos habían avisado por activa y pasiva de la posibilidad de que un virus pudiera provocar una pandemia que nos afectase también a nosotros, el mundo cercano, el de verdad, el desarrollado, pero pocos gobiernos se atrevieron a invertir un dinero que apenas tenían en prever y prepararse para una crisis en la que la ciudadanía no creía. Tampoco ningún gobierno toma medidas drásticas contra un cambio climático del que la naturaleza y los científicos igualmente nos están avisando. Pero ¿qué Gobierno se atreve a tomar medidas drásticas que afecten a un ciudadano que adora moverse en su propio coche, cambiar de móvil cada año y de ropa cada temporada, que busca el vuelo más barato lo más lejos posible, o paga un seguro médico para hacer cola en una clínica privada y no en el centro de salud?

La ciudadanía vota a políticos que prometen hacer cosas que les preocupan: quitar el paro, darles seguridad, bajar impuestos, ¿Qué partido diría en su programa que va a reservar una partida del presupuesto para tomar medidas contra una posible pandemia? (¿una pandemia? ¿En España?), es más ¿Acaso a un partido le interesa vender que va a tomar medidas drásticas contra un futuro y lejano cambio climático?

Pero la pandemia llegó y hay que cortar cabezas. En esta sociedad educada únicamente en el individualismo, el culto a la imagen y la supuesta felicidad perpetua, necesitamos sentir que, ante la catástrofe, alguien es culpable. Y no soy yo. Algunos se afanan en buscar datos que demuestran la culpabilidad del gobierno central, otros en encontrar datos que culpabilizan al autonómico. Lo cierto es que al día de hoy no hay datos contrastables para analizar nada. Hay demasiadas variables, demasiados parámetros, pasaran meses hasta que se puedan hacer análisis rigurosos. Sin duda el Gobierno central y los autonómicos han debido de cometer demasiados errores, pero no porque voluntariamente quisieran improvisar, con un afán psicópata de acabar con el país, sino porque no han tenido más remedio que improvisar, porque a pesar de habernos avisado, en nuestra egolatría de primer mundo, nadie estaba preparado para esto. 

Quizás buscamos las culpas en quienes han estado haciendo durante estos últimos años lo mismo que nosotros, los ciudadanos de a pie, los votantes: mirar para otro lado. Quizás nosotros deberíamos haber preguntado en algún momento a este gobierno o los anteriores qué medidas tenían previstas si se presentaba una pandemia. Quizás debimos apoyar multitudinariamente aquellas pequeñas manifestaciones a favor de la Sanidad pública, cuando solo los sanitarios, sin apoyo de nadie, clamaban contra sus recortes.

Deberíamos de aprender algo de esta tragedia en la que la Naturaleza nos ha ganado un duro pulso. Deberíamos conseguir para cuando salgamos de esta, que el gobierno, los gobiernos, Europa y las organizaciones mundiales, tomen de verdad medidas para futuras pandemias y, por el mismo sentido común, contra el cambio climático. Pero ellos solo lo harán si los ciudadanos dejamos de mirarnos el ombligo y les exigimos que se lo tomen en serio. Porque podemos dar muchas vueltas a los datos o interpretar los gráficos que me interesen para culpar a unos u otros, pero si hasta ahora hemos sido individualistas, la culpa de que la comunidad no esté preparada para algo, sin duda es nuestra. 

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