Cuando un símbolo incomoda más que la desigualdad

Tras casi tres años de gobierno del Partido Popular coincidiendo con el 8 de marzo, la bandera feminista no ha sido izada de manera institucional en la ciudad

Movilización feminista en Cádiz capital.
Movilización feminista en Cádiz capital. GERMÁN MESA

Hay gestos que no nacen de la ocurrencia, sino de la memoria. La bandera feminista es uno de ellos. No es un símbolo nuevo ni improvisado, ni una moda reciente. Tiene historia, genealogía y sentido político. Ha ondeado durante décadas como recordatorio de derechos conquistados y de otros aún por conquistar. Por eso sorprende que, en una ciudad como Cádiz, su institucionalización siga generando más recelos que consensos.

Este año, durante el turno de participación ciudadana en el pleno municipal, se presentó una propuesta clara y deliberadamente plural: la institucionalización del izado de la bandera feminista en la ciudad. No se hizo en nombre de ningún partido ni de un colectivo concreto. Se hizo desde la ciudadanía, en los tres minutos destinados precisamente a garantizar pluralidad y democracia. La iniciativa venía respaldada por diferentes asociaciones de la ciudad y fue defendida en el pleno por Cádiz Abolicionista en nombre de todas ellas. No como apropiación, sino como representación colectiva.

Resulta significativo que una propuesta planteada desde la base, sin siglas y sin protagonismos, haya sido posteriormente cuestionada no por su contenido, sino por su autoría. En el recorrido institucional de la iniciativa apareció una acusación tan llamativa como reveladora: que la idea no nos pertenecía, que había sido usurpada. Que la bandera era, en realidad, una idea del propio Ayuntamiento.

La paradoja es difícil de ignorar. Tras casi tres años de gobierno del Partido Popular coincidiendo con el 8 de marzo, la bandera feminista no ha sido izada de manera institucional en la ciudad. No ha habido gesto, ni acuerdo, ni calendario. Sin embargo, la idea parece adquirir autoría justo en el momento en que la ciudadanía organizada decide empujarla. Una propuesta que no se ejecuta no transforma nada. Una idea que no se materializa no existe políticamente. Y, aun así, cuando se da el paso que no se dio desde el poder, aparece el reproche.

No se discute, entonces, la bandera. Se discute quién la nombra. No se debate el símbolo. Se cuestiona a quienes lo ponen sobre la mesa. Y ese desplazamiento del foco no es casual.

Suele ocurrir cuando el símbolo señala una ausencia más profunda.

Basta observar el estado de las políticas de igualdad en la ciudad. La Fundación Municipal de la Mujer arrastra una evidente falta de personal, de proyectos estructurales, de espacios verdaderamente democráticos y de propuestas que respondan a las necesidades reales de las mujeres. Cuando no hay política pública sólida, el gesto simbólico incomoda. Porque ilumina lo que no se está haciendo.

En este contexto, no resulta extraño que el feminismo vuelva a convertirse en un terreno útil para el desgaste. El cuestionamiento de la propuesta ha servido para generar una narrativa de confrontación que no entra en el fondo, sino que desacredita a las entidades que la sostienen.

Se activa así un discurso que apela al supuesto “robo” para evitar hablar de gestión, de prioridades y de responsabilidades.

Las asociaciones firmantes han solicitado una reunión con el alcalde, como máximo representante institucional y responsable último de la Fundación. La cita no llega. El silencio se prolonga. Y el silencio, cuando hablamos de derechos, nunca es neutral. Quizá habría que preguntarse por qué no se atiende a las mujeres organizadas de la ciudad. Por qué no hay espacio para escuchar una propuesta que no busca confrontación, sino reconocimiento institucional.

Conviene recordar algo esencial: las instituciones no conceden derechos, los reconocen. Y ese reconocimiento siempre ha llegado después de la insistencia, la organización y la presión democrática. Podrán desacreditar, dilatar o incomodar. Pero hay mecanismos que siguen vigentes. Uno de ellos es volver al pleno. Y si en febrero no se produce la reunión solicitada, será allí donde se diga, con claridad institucional, quién no quiso escuchar y a quién se dejó fuera.

Este texto no va de una bandera como objeto. Va de respeto. De procesos colectivos. De democracia participativa. Va de reconocer que las asociaciones feministas no usurpan ideas: las empujan cuando nadie más lo hace. Y de asumir que, aunque se intente frenar, hay derechos que no se pueden revertir. Porque no pertenecen a ningún gobierno ni a ninguna sigla. Pertenecen a las mujeres. Y a la ciudad que dice representarlas.

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