Hay momentos en los que una siente que habla en otro idioma sin haber cambiado de lengua. Me pasó hace poco, en una charla sobre medio ambiente en un pueblo, de esos donde todavía se oye el silencio de verdad. La sala estaba llena, y el discurso también: sostenibilidad, protección, biodiversidad, futuro verde… Palabras grandes, muy bien vestidas, que suenan muy bien.
Se habló, cómo no, de la necesidad urgente de declarar nuevos espacios protegidos. Hubo asentimientos solemnes, alguna lágrima bien colocada y muchos golpes en el pecho. Todo parecía encajar hasta que le tocó hablar a una ganadera, (a mí, ¡qué error!), porque pregunté algo incómodo: si tanta protección queremos, ¿por qué no hay fondos para quienes llevan generaciones cuidando ese territorio? ¿Dónde está la dignidad para agricultores y ganaderos?
El silencio que siguió no fue precisamente el que escucho en el campo.
Me miraron como si acabara de decir una barbaridad. Como si defender a quien pisa, limpia y sostiene el territorio fuera incompatible con protegerlo. Algunos reían, como si lo que yo estuviese buscando es dinero fácil, otro capítulo inflado de la PAC para los de siempre.
Ahí está el problema. Nos hemos acostumbrado a querer el campo sin quien lo trabaja. A idealizar paisajes que existen precisamente porque alguien los ha modelado durante siglos. Queremos la foto, pero no al fotógrafo.
La ganadería extensiva no se está muriendo de golpe. No hay un titular que lo anuncie. Se está apagando poco a poco, en silencio. Se está yendo porque es más fácil prohibir que comprender, es más sencillo señalar que sostener.
Y lo peor no es la presión que viene de fuera, sino la indiferencia que hay dentro. Porque cuando una intenta explicar que sin ganaderos no hay gestión del territorio, que sin pastoreo aumenta el riesgo de incendios, que sin actividad agraria desaparece el equilibrio, la respuesta suele ser una mezcla de incomodidad y desinterés. Como si hablar de economía rural ensuciara la pureza del discurso ambiental.
En otros países europeos no pasa así. Allí, la figura del pastor no es un estorbo ni una reliquia: es un activo. Un guardián del territorio. Alguien que presta un servicio ambiental real y reconocido. Aquí, en cambio, seguimos atrapados en una contradicción absurda: exigimos al campo que sea sostenible, pero no queremos sostener y cuidar a quien lo hace posible.
No se puede proteger el medio ambiente a costa de quienes viven en él. No es solo injusto: es profundamente ineficaz. Porque cuando desaparece el ganadero, no llega un bosque idílico a ocupar su lugar. Llega el abandono. Y con él, el desequilibrio.
Quizá ha llegado el momento de hacerse una pregunta incómoda: ¿qué campo queremos realmente? ¿Uno vivo, con gente, con actividad, con imperfecciones… o uno vacío, perfecto en el papel y muerto en la práctica?
Porque si seguimos por este camino, no hará falta prohibir la ganadería extensiva. Desaparecerá sola. Y entonces, cuando miremos ese paisaje que tanto queríamos proteger, igual entendemos que lo que hemos perdido no era solo una forma de producir, sino una forma de cuidar.
Y eso, por mucho que se repita en charlas bien intencionadas, no se recupera con palabras.
Mientras tanto, yo seguiré, con mis ovejas, cuidando ese monte que tanto gusta ver cuando todo está bien, haciéndolo de manera invisible, pero jamás en silencio… hasta que ya no quede nadie para hacerlo.


