Jerez
Jerez

Sé que mi caso es peculiar y hay mucho de mala suerte. Pero tarde o temprano, tú amable lector o lectora, te darás cuenta de que tu ciudad, la ciudad en la que vives, sin cambiar nada, cambia. Y no por que la ciudad en sí misma cambie sino porque cambias tú.

Yo con veinte años vivía en un Jerez amable. Sin dificultades. Mi única velocidad era las que me daban mis piernas y mi vespino. Ni cuestas. Ni barriadas lejanas. Ni el centro siquiera. Todo estaba cerca. No había piso que se me resistiera. Incluso subía al último piso de un amigo del Parque Atlántico sin tener que coger el ascensor. Eran más fuertes mis piernas que la claustrofobia.

Hasta que mi madre fue diagnósticada de diabetes. Esa enfermedad de nombre tan dulce, pero también conocida como el asesino silencioso. Poco a poco, sin darme cuenta, la ciudad empezó a cambiar. Un día, mi madre no pudo bajar las escaleras de su tercer piso de La Granja y allí se quedó atrapada como un pajarillo en una jaula, hasta que salió para no volver. No había ascensor.

Las escaleras, cómodas de toda la vida cambiaron. Eran una barrera infranqueable. Eran las mismas escaleras sí, pero habían cambiado para mi madre, para mí.

Mi hermana enfermó de cáncer y estuvo varios meses en la que tuvo que utilizar una silla de ruedas. ¡Cómo cambió Jerez! Ni me podía imaginar lo alto que era un bordillo. No podía hacerme la idea del daño que se hace cuando se aparca encima de un paso de cebra, y tú, con el carrito de ruedas no tienes un sitio para cruzar la calle y te tienes que ir a la otra punta. Con la fuerza de quien te ayude o la fuerza tuya propia si estás sólo.

Hoy, que veo andar a mi padre con Alzheimer, también veo que la ciudad sigue cambiando. Las aceras, que antes no me preocupaban, son horribles pequeños cuadriláteros que hacen temblar las manos de los abuelos que van con su tacataca. Los pasos de cebra que parecen lisos, son como escaleras para quien apenas puede levantar los pies y tropiezan con el filo de la pintura. Sí, parece imposible. Pero esos milímetros marcan la caída del abuelo o la abuela al suelo.

Serán los años los que pasan. La ciudad es idéntica, pero yo la veo distinta. Ya no es la amiga que me acogía. Es una continúa carrera de obstáculos que no me podía ni imaginar.

Sí, será que es la vida que pasa. Sólo eso.

 

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