Manifestación feminista un 8M.
Manifestación feminista un 8M. MANU GARCÍA

Cada año, cuando se acerca el 8 de marzo, las instituciones despliegan su programación, los carteles se tiñen de violeta y se anuncia una agenda repleta de actividades.

Este año, en Cádiz, no ha sido diferente. El Ayuntamiento ha presentado una programación amplia bajo el lema de la conciliación y la corresponsabilidad. Exposiciones, espectáculos, mesas redondas, presentaciones. Todo aparentemente correcto. Todo aparentemente comprometido.

Y, sin embargo, algo incomoda. Al leer la programación municipal del 8M, una tiene la sensación de que la Fundación Municipal de la Mujer ha sido absorbida por la delegación de Cultura. El resultado es una semana cultural con perspectiva de género, pero no una agenda política que interpele al poder.

Y el 8 de marzo no nació para ser una semana cultural. La cultura es necesaria. Las mujeres en la cultura merecen visibilidad y recursos. Pero el 8M no surge para programar actividades: surge para señalar desigualdades estructurales. Para incomodar. Para exigir transformaciones reales en las políticas públicas.

Cuando el Día Internacional de la Mujer se convierte en calendario de eventos, en patrocinio, corre el riesgo de volverse amable. Consumible. Gestionable.

Y el feminismo nunca fue gestionable. La Fundación Municipal de la Mujer no está para organizar un par de  semanas temáticas. Está para impulsar políticas públicas eficaces, para garantizar presupuestos suficientes, para exigir transversalidad en todas las áreas municipales y para rendir cuentas claras sobre qué se hace —y qué no se hace— en materia de igualdad.

La igualdad no es una programación. Es una estructura de poder. Sin embargo, cuando el 8M se diluye en actividades, el mensaje que se transmite es otro: que la igualdad es una cuestión cultural, no política. Que se resuelve con actos simbólicos y no con decisiones estructurales.

Y mientras tanto, el tejido asociativo sigue trabajando. Presentando propuestas. Registrando iniciativas. Sosteniendo reuniones. Insistiendo. Ahí es donde aparece la verdadera grieta: el poder institucional frente al poder social.

Una mujer puede presentarse sola en un pleno. Puede organizar respaldos. Puede sostener el trabajo colectivo durante meses. Pero el recorrido nunca es sencillo. Las respuestas se retrasan. Las decisiones se dilatan. Las prioridades cambian.

Después escuchamos el mantra: “ya lo hemos conseguido todo”. No, no lo hemos conseguido todo. Si lo hubiéramos conseguido, el 8M no sería una semana cultural, sería un ejercicio de rendición de cuentas sobre las políticas de igualdad.

Si lo hubiéramos conseguido, los símbolos de igualdad ocuparían el espacio público con normalidad democrática. Si lo hubiéramos conseguido, no habría que insistir tanto para que lo evidente ocurra.

El gran reto para una mujer que persigue una meta —sea institucional, profesional o vital— no es solo alcanzarla. Es atravesar las resistencias que se activan cuando esa meta toca estructuras de poder.

Porque el problema no es la cultura. El problema es cuando la cultura sustituye a la política. Y el 8 de marzo no es un evento. Es una enmienda permanente al poder.

Lo más leído