Érase una vez un señor que se mareaba enormemente cuando movía la cabeza: al bajarla, al girarla a los lados. Sobre todo cuando intentaba moverla en la cama y al levantarse: éste era el peor momento: parecía que iba a perder la cabeza y se le iba a escapar sin el control del cuello. A menudo esto se acompañaba de un zumbido intermitente.
Pensó que con los días este síntoma desaparecería pero no fue así. Aunque hacía más de una semana que había superado el resfriado los mareos permanecían con intensidad variable. Y pidió consulta con un especialista.
Luego de un breve interrogatorio el médico le hizo recostar en la camilla y sin aviso previo le giró con cierta brusquedad varias veces la cabeza a un lado y otro, dijo algo relativo a unas “piedrecillas” (que el señor supuso que se refería a los huesecillos del oído) y brevemente dio por terminada la visita.
Al llegar a casa los mareos se agudizaron, junto con la sensación de tener la cabeza como hueca y dolorida.
Acude entonces a otro profesional, quien realiza maniobras similares con el señor sentado y además, le hace andar de una forma particular en el despacho.
Esta estrategia tampoco resulta eficaz. Nuestro paciente siente ya que han tomado su cabeza como una maraca o un aparato cualquiera al que hay que sacudir para que funcione y decide documentarse sobre su malestar.
Llega a la conclusión que puede padecer VPPB (vértigo posicional paroxístico benigno) y que pueden estar causados por el desplazamiento de pequeños cristales (otolitos) en el oído interno. Concluye también que le han aplicado la Maniobra de Dix-Hallpike que se usa para diagnosticar el VPPB (se tumba rápidamente al sujeto con la cabeza girada para observar si aparece nistagmo (movimiento involuntario de los ojos).
O tal vez le hayan aplicado la Maniobra de Epley que sirve para reposicionar los otolitos. Consiste en una serie de giros de la cabeza y el cuerpo bajo supervisión médica.
Nuestro paciente sigue padeciendo mareos, los médicos posiblemente han hecho un diagnóstico adecuado pero las técnicas usadas no han dado resultado alguno. Por el contrario, los síntomas son más frecuentes e intensos. Seguirá buscando en otros especialistas una solución satisfactoria, pero le ha tranquilizado saber que, si sus conclusiones son exactas, no padece una enfermedad grave, sino el VPPB.
Proporcionar a un paciente una explicación clara del origen de sus síntomas y de las técnicas que se van a utilizar en consulta es didáctico y también tranquilizador.
¿Qué tengo? ¿Es grave? ¿Tiene remedio? Son las legítimas preguntas que se hace la persona que consulta. El médico puede responder en un lenguaje sencillo, sin tecnicismos.
El silencio del profesional no es terapéutico en absoluto y puede intensificar las fantasías de enfermedad grave en pacientes con rasgos hipocondríacos. O tal vez pueda pensar que en lugar de cabeza tiene sobre los hombros una maraca a la que hay que sacudir convenientemente.


