Existe en los últimos años una tendencia casi obsesiva a encuestar absolutamente todo. Estás en una página web intentado resolver una cuestión (banco, compra por internet, gestión con una administración, atención médica en clínica privada, conversación telefónica con un comercial) cuando aparece la tediosa “encuesta de satisfacción” que, en muchas ocasiones, es inevitable.
Las valoraciones habitualmente son numéricas (del 0 al 5 , del 0 al 10), en ningún caso son preguntas abiertas en las que puedas realmente dar tu opinión. Por otra parte es muy probable que no se analicen los resultados y en cualquier caso, legítimamente crees que las respuestas negativas no son tenidas en cuenta en absoluto. Y lo basas en tu experiencia de hacer reiteradas críticas a la web de una entidad con resultado cero, entre otras circunstancias similares.
Se supone que el afán encuestómetro tiene muchas utilidades: proporcionar conocimiento a la empresa o a la entidad pública la opinión de clientes, hacer sentir al usuario que su punto de vista es importante y un largo etcétera.
Sin embargo crees que la encuesta sólo representa una especie de tic formal y aburrido que generalmente no proporciona al usuario ninguna satisfacción: sus puntos de vista posiblemente serán ignorados.
Por cierto, sabes que las respuestas en este contexto no tienen fiabilidad alguna. Puedes responder de forma caprichosa y los números en sí mismos, no proporcionan una valoración cualitativa.
De una forma u otra sientes que la empresa o la entidad pública te está otorgando un papel de supervisión laboral cuando esa función no te corresponde. Reflexionas que no hay mejor publicidad que la calidad de los productos y del servicio para que formules una opinión positiva.
Contrariamente, puede contribuir a profundizar en la sensación de observación externa permanente, en la intromisión en la vida privada del ojo de un gran hermano que todo lo ve* (George Orwell, 1984).
Con el uso generalizado de la informática has constatado que si buscas por internet un coche, al poco tiempo y de forma espontánea aparecerán en tu ordenador ingentes anuncios de coches, por ejemplo.
Sin llegar a acariciar ideas paranoides, sabes que hay ciertos datos personales que circulan en la red, prueba de ello es el incesante y cotidiano bombardeo telefónico de empresas de todo tipo.
Los presupuestos públicos y privados que se dedican a estos menesteres son abultadísimos y crees que sería mucho más productivo emplearlos en mejorar la calidad del servicio o el producto correspondiente.
Y las encuestas oficiales: ¿son fiables? mmm… en algunos ámbitos como los políticos afirmarías sin equivocarte que en absoluto.
En muchos casos están dirigidas como una suerte de “globos sonda” para influir en la opinión pública. Sabes que desde hace muchos lustros la psicología del rumor ha estudiado y profundizado en los efectos que la propaganda tiene en la formación de puntos de vista.
A los resultados de las encuestas oficiales debes añadir los publicados por agencias privadas, entonces es cuando el magma ideológico se torna francamente confusional. Concluyes: ¿encuestar la vida para mejorarla o generar confusión? Más bien lo segundo.
*1984, de George Orwell, es una novela de distopía cuya trama ocurre en Oceanía, un país dominado por un gobierno totalitario que mantiene en constante vigilancia a sus ciudadanos e insiste en espiar sus pensamientos para mantener el orden. La novela es una de las obras más icónicas del siglo XX por su denuncia de prácticas establecidas por gobiernos como los de Franco y Stalin.
