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El destino es contundente: no somos nada, morimos el día menos pensado y en última instancia, lo hacemos como en el solitario de los naipes.

He vuelto de nuevo. Sin la pesada carga de la literatura. Nada de versos ni párrafos coherentes para transmitir belleza. Me trasladé a otro acervo distinto, a pesar de que en una céntrica librería de Quito me comprara una de las novelas más exitosas de Leonardo Padura para amenizar las largas horas de vuelo que, al final, fueron más tales que pasajeros. El respetuoso rumor de las turbinas. La sonrisa impecable de las azafatas con alas, porque no les queda más remedio que ofrecer satisfacción al estrecho viajero que se esconde en cada asiento. O el compañero de fila que no se escoge sino que la compañía aérea somete a un riguroso y arbitrario azar.

En el caso del más reciente vuelo de Quito a Madrid me obsequiaron con una veterana ciudadana de nacionalidad ecuatoriana que realizaba el regreso a contracorriente de mis propósitos. Ella vivía en Madrid desde hace casi 30 años. Padecía diabetes de forma que su brazo izquierdo descansaba permanentemente sobre el paciente asidero que separa nuestros asientos, el mío del lado de la ventanilla izquierda y suyo de cara al pasillo, aunque tuvimos la suerte de compartir la fila únicamente dos por detrás del acceso principal al avión. Siempre con su bolso de mano entre sus brazos cruzados, porque según me contó en ningún momento podía tenerlo fuera de su alcance. Con cierta frecuencia, o por lo menos en dos ocasiones, estuve pendiente de que no la importunaban al medirse los niveles de azúcar con una discreta gota de sangre de su dedo pulgar.

Mientras tanto, entre sueño y sueño, y entre silencio y algunas ligeras perturbaciones, me contó que durante casi el mismo número de años que llevaba en Madrid, había estado cuidando de otra señora, supongo que con más caudal que una Caja de Ahorros, quien además tenía tan buen corazón como desinterés en ayudar, y le había apoyado para traer a sus hijos que ya se habían desprendido del cascarón materno. Esa es más o menos su historia. La de una sonriente mujer que no me volveré a encontrar en ninguna parte, salvo que el mundo sea un pañuelo y nos conjugue con esas casualidades que solo él sabe.

El resto de los días han sido un profundo calendario de kilómetros, familia, paisajes y heladas que en la mayor parte de los casos han tumbado los campos y el gentío con una larga manta blanca, que en el interior ha llegado con frecuencia a los seis o siete grados bajo cero. Días en los que las viejas sotanas de la penumbra aún se acumulaba la helada del día anterior y sobre ella la del posterior, o como en Soria, donde como a un niño asombrado me agasajó el río Duero con una gruesa capa de hielo que abarcaba buena parte del cauce entre las ermitas de San Polo y San Saturio. Cuestión esta última que al fin y al cabo no adoleció de misterio en cuanto constante el mismo fenómeno en el río Irati, en plena tarde donde el sol parecía un debilitado punto de fuego entre los esqueletos de las hayas, apenas visible entre la masa neblinosa y un extraño olor a medias entre la madera que alguna chimenea quebranta para no pasar frío o la propia humedad del entorno.

Estas y otras cuestiones han copado semana y media de desaparición intelectual, pues no siempre el escritor se adecúa a las apetencias de un bolígrafo y, por el contrario, prefiere desorientarse en la experiencia humana y recoger de la propia vida cualquier retazo intrínseco, así como recabar las noticias y hechos trascendentes del país a donde ha regresado después de un discreto periodo de ausencia.

Al respecto, después de una breve mirada a lo que ofrece el televisor en una tarde de domingo, no me asombra el interés de los medios en someternos a una catarsis de estupidez masiva, o de vendernos la moto de un nuevo cambio de paradigma, es decir, de hombre a animal. Está claro que la presencia de determinados programas de televisión revela la existencia de una poblada audiencia dispuesta a devorar el mísero contenido que le ofrecen.

De una parte, programas donde la esencia suprema consiste en mostrarnos a niños como artífices de la cocina, así como otra que congrega citas a ciegas en un plató disfrazado de restaurante, u otro donde vuelven a meter a un puñado de famosos para una versión “farandulera” de Gran Hermano, aunque la palma se la llevó un programa de domingo por la tarde donde se dio amplia cobertura a dos cuestiones: una era identificar a la mujer con la que don Juan Carlos I había pasado su más reciente cumpleaños; y, la otra preguntarse si el difunto Manolo Escobar había dejado o no un consistente patrimonio a tenor del reciente fallecimiento de su viuda. Es decir, España cañí y viceversa. No me extrañe que luego predomine la vulgaridad y el apego a la queja en vez de callar la boca y dedicarse a mejorar el deplorable estado de las circunstancias.

Mientras tanto, y sin que tenga nada que ver con todo lo mencionado, he vuelto a otro de mis lugares predilectos. La vieja pero remodelada biblioteca de un pueblo. En este caso, la de Torquemada, en la provincia de Palencia, cuyo local atestigua el transcurso de mis años ya que conservo fieles recuerdos de mi paso por ella desde que era un niño espigado. Un abrevadero para el descanso así como para poblar mis ojos con la presencia de libros e incunables de la cultura. Biblioteca que hoy cuenta con la presencia de una docena de niños, y donde no se guarda tanto silencio como en otras. No hay excusa para ello porque es un sinónimo de vida e inquietudes.

Al fondo desde donde escribo, sigue la bibliotecaria de siempre. Aquella que me dice, en cuanto le manifiesto que vengo a descansar del largo viaje, a escribir una breve crónica sin previo aviso, y a crédito de que mañana de madrugada emprendo nuevamente el periplo a tierras de la provincia de Lugo, en Galicia. Ella sonríe y afirma que por fin la tomo en consideración nuevamente, después de los más de 28 años de paciente servicio al público lector del pueblo.

La bibliotecaria me conoce también desde los años mozos. Siempre me ha recibido bien. La mando venir. Dice que necesitaría más tiempo para describirme todos los cambios habidos y por haber. Es natural. El tiempo produce vértigo depende de cómo se mire. Después de todo estamos sujetos a caducidad. Algo que debieran tener en cuenta muchos poetas afanosos en que se les reconozcan los créditos para los versos que escriben con supuesta humildad. El destino es contundente: no somos nada, morimos el día menos pensado y en última instancia, lo hacemos como en el solitario de los naipes.

Además, no es menos evidente que estamos sometidos a un cruel deslave de malas noticias en tales o cuales medios, de forma que el mundo que conocemos es un estado permanente de desgracia, dejándonos una sensación de ahogo en el alma o el cruel interrogante de si estamos siendo insolidarios solo por el hecho de ignorarlas, aunque lejos de concientizarnos parece que el propósito que logran es el contrario.

Después de tanto apaleamiento moral o de adoctrinamiento, parece que uno de los mejores remedios es abandonar la escena y refugiarse en la vida íntima. Yo sé que somos lo que nos merecemos, pero espero todavía gozar de la presunción de cierta inocencia y despertar con mejores afectos.

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