Hubo un tiempo en que declarar tu fe era el equivalente estereotipado de ir con zapatos náuticos a la playa de la Barrosa o que te gustara algo tan nauseabundo como la pizza con piña.
Desde estrellas del pop que llenan estadios hasta influencers que antes solo rendían culto al ácido hialurónico, el posicionamiento público de la fe está viviendo un auge que tiene a los sociólogos cariacontecidos. ¿Qué está pasando aquí?
Existe la posibilidad de que para algunos la fe sea el nuevo "accesorio" ético. Centrémonos en el look espiritual: queda bien, da una imagen de persona atormentada que ha encontrado la paz y genera titulares. Pero, ojo, que la fe sea "tendencia" no le quita peso; a veces uno entra en la parroquia del barrio por el aire acondicionado y se queda por el mensaje.
Otra de las posibles causas es la sensación acuciante de “vida vacía”. Muchos jóvenes —y algunos otros no tan jóvenes— han sentido o experimentado ese vacío. Ante el nihilismo líquido, la figura de Jesús ofrece algo que el Metaverso no puede: un ancla. A veces, la religión tiene poco que ver; es la necesidad humana de pertenecer a algo que no caduque a las 24 horas como casi todo lo que nos rodea.
Durante décadas, lo transgresor era rebelarse contra el estamento religioso y todo lo que conlleva. Pero, ¿qué pasa cuando la norma social es el laicismo militante o el relativismo absoluto? Pues que lo más rebelde, lo más disruptivo y lo que más molesta al estamento progre-guay es, precisamente, arrodillarse y decir: "Creo en Dios". Un acto rompedor y de rebeldía. Para muchos jóvenes, mostrar su fe es un acto de resistencia frente a un mundo que les dicta que deben ser sus propios dioses.
Sea por una búsqueda genuina de sentido, por hartazgo de la vacuidad moderna o por ese gustillo que da llevar la contraria a lo políticamente correcto, este fenómeno merece respeto y el lugar que, sin hacer demasiado ruido, se ha ganado. Al final del día, cada cual libra sus batallas internas como puede.
Lo verdaderamente fascinante de este "renacimiento" no es cuántos seguidores tiene el famoso de turno que ahora cita el Evangelio, sino la valentía de reconocerse vulnerable en una cultura que nos exige ser infalibles. Quizás, después de todo, la mayor innovación del siglo XXI no sea la Inteligencia Artificial, sino volver a descubrir que el corazón humano sigue teniendo el mismo vacío de siempre. Y la espiritualidad, es el puente perfecto para que muchos se puedan acercar a ese amigo que nunca falla.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
