Cotos sin vallar

Dejarse media vida y las dioptrías entre libros de estudio para acabar con un sueldo discreto escuece el doble cuando ves que otros, en un abrir y cerrar de ojos, facturan lo que usted en un mes

Un notario, durante el desarrollo de sus funciones.
13 de abril de 2026 a las 09:19h

Quien diga que no le gusta el dinero, miente. Claro y meridiano. El dinero, ese despiadado y vil metal conseguidor de cosas que se pueden tocar (y otras que no), como todos sabemos, no cae de los árboles. Es por ello, que amasar cierta cantidad de dinero o conseguirlo de manera rápida, es una cualidad que tan solo unos pocos demiurgos pueden llevar a gala.

Precisamente esa habilidad —la de facturar en lo que dura un suspiro— es la que ha prendido la mecha de esta reflexión hecha columna. Téngalo claro: hacer dinero y hacerlo rápido es el equivalente a sacarse una oposición de notario, abrir tu propia clínica dental o, para los menos sofisticados, hacerse con una furgona blanca con un letrero rojo de “Urgencias 24h”.

En el ecosistema de los cotos sin vallar, los territorios están acotados por la una ley que, por momentos, estrangula a la mayoría de consumidores. Donde los segundos valen su peso en oro de veinticuatro quilates. Vayamos pues al primer ejemplo que citábamos.

Entrar en una notaria es como atravesar una galería museística donde cada mueble parece diseñado exclusivamente para justificar el siguiente hachazo en la factura. El señor notario te recibe, generalmente con gesto hiératico y su intervención no dura más de treinta y cinco segundos, y a pasar por caja. ¿Qué decir del sillón de tortura y de los señores de bata blanca?

Usted va al dentista, agota su pocas reservas de paciencia en una sala de espera manida de revistas de otra época, y cuando le llega su turno: el profesional le inyecta la anestesia, espera tres minutos mientras mira su reloj de marca suiza, y luego, con un movimiento de muñeca que envidiaría el mismo Carlos Alcaraz, extrae la pieza de la discordia. Duración total del acto: tres minutos y un puñado de euros que se evaporan de su cuenta corriente

Y como no dejar para el final a los verdaderos “putos amos”. Esa suerte de prestidigitadores del soplete, aceite lubricante en espray y ganzúa. Damas y caballeros, con todos ustedes, el cerrajero de urgencia (palabras mayores, oiga).

Imagine la escena: son las dos de la mañana de un martes lluvioso. Usted se ha bajado a tirar la basura en pijama y, en un descuido de esos que te hacen replantearte tu inteligencia como individuo funcional, la puerta se cierra. El chasquido de la cerradura suena como un disparo en la noche.

Aparece un tipo con ojeras, bostezando, que mira su puerta con el desprecio de quien sabe que tiene la sartén por el mango. Saca una radiografía —sí, una radiografía de un fémur, que es el instrumental médico más versátil del mundo—, la desliza por la ranura, da un empujoncito con la cadera y... ¡voilà! La puerta se abre.

Tiempo empleado: ocho segundos. En estos cotos sin vallar, el cliente no es un ciudadano, es una presa. Una presa que paga el peaje de la exclusividad. Nos hemos acostumbrado a que la brevedad sea sinónimo de lujo, a que el desempeño flash sea una excusa para el tarifazo.

Ándese con ojo o, mejor aún, replantéese su trayectoria. Porque dejarse media vida y las dioptrías entre libros de estudio para acabar con un sueldo discreto escuece el doble cuando ves que otros, en un abrir y cerrar de ojos, facturan lo que usted en un mes.

Gracias por la lectura y feliz lunes.