Costa Pelayo

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

Aquel calor debía ser una maldición divina. Parecía que hubieran dejado abiertas las mismísimas puertas del infierno, pues a las altas temperaturas se unía también una insoportable corriente, un viento enloquecedor al que los oriundos llamaban levantera. ¿Cómo era posible que hubiera vida inteligente en semejantes condiciones?, aquello era digno de estudio.  No obstante, a él le ocupaba otro proyecto científico. Había dedicado muchos años de investigación metódica y concienzuda a analizar, interpretar y relacionar millones de datos con el fin de comprender y predecir un temible fenómeno.  Así que no, no  tenía opción, debía verificar si aquella noticia era cierta. De ser así, supondría el respaldo definitivo a su trabajo. Sin embargo, había algo extraño en todo aquello. La gravedad del hecho parecía haber pasado inadvertida no ya a la sociedad en general sino incluso a la propia comunidad científica.

A su llegada a Jerez se encontró a algunos bañistas desperdigados en la rotonda de Hipercor. Con sus toallas al cuello ondeando a golpe de Levante parecían banderas vivientes del país del rizo americano. Le sorprendió no advertir ningún aroma salino a la altura del Hotel Jerez. No obstante, cuando llegó al parque González Hontoria un gran letrero lo anunciaba sin lugar a dudas: Costa Pelayo.. Al otro lado de aquella puerta podía estar la confirmación definitiva a su hipótesis, a sus largos años de esfuerzo y dedicación. Sin duda el calentamiento global se había acelerado más allá de las previsiones iniciales, los datos así lo mostraban. El que Jerez de la Frontera tuviera playa demostraba que la comunidad científica había sido optimista en sus previsiones. Los nervios se apoderaron de sus piernas y a pesar de que la paciencia y la prudencia son características propias de los científicos no pudo evitar cruzar corriendo la puerta de entrada pero… se quedó estupefacto, anonadado.

¿Qué era aquello? ¿y el mar? ¿y la playa? ¿un viaje tan largo para esto? No comprendía nada, aquello debía ser sin duda una broma pesada. Miraba hacia un lado y otro desconcertado. El viento de Levante arrastró en ese momento un periódico que, como un perrillo faldero, acabó enredado en sus piernas. Molesto con la situación, frustrado por lo acontecido, lo tomó con ánimo no ya de deshacerse del mismo, sino de romperlo. Justo cuando iba a hacerlo vio un rostro en portada que creyó reconocer. Leyó la noticia destacada a pie de foto. La alcaldesa había dado una rueda de prensa afirmando que la creación de aquella playa había supuesto una importante creación de empleo para la ciudad. Miró a su alrededor y solo vio a dos socorristas, un vendedor de camarones y otro de bebidas. Meditó un momento y suspiró. Una idea restalló entonces en su cerebro como un latigazo de lucidez. ¡Eso era!, ¡allí estaba la conclusión más importante a sus muchos años de investigación! La estupidez humana era el verdadero causante principal del cambio climático. Aquella playa demostraba que, lejos de disminuir con el paso de los siglos y el aumento del conocimiento, la estupidez se reproducía y multiplicaba constantemente. A ese ritmo de propagación, el cambio climático lejos de frenarse seguiría acelerándose indudablemente. Aquello confirmaba su hipótesis. Mientras, ajeno a todo, el vendedor de refrescos pregonaba nevera al hombro: ¡La rubia, la Fanta, la Coca Coooo!



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