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Ahora que el escándalo de Oxfam está en boca de todos —durante unos días, las corruptelas del PP han quedado eclipsadas—, es más necesario que nunca reafirmar nuestra solidaridad con estas organizaciones. Si no existieran, el mundo sería mucho más canalla de lo que es. Y lo digo una vez superada la indignación que me produjo conocer el escándalo en el que están envueltos muchos directivos y trabajadores de esta, hasta ahora, prestigiosa organización.

Es terrible lo que ha sucedido, tanto más si pensamos que la gente que se dedica a estos menesteres lo hace porque posee un talante moral más elevado que el común de los mortales. Constatar que en todas las organizaciones, incluso en las ONG, hay canallas faltos de escrúpulos, corruptos, miserables, violadores y ladrones es caer de bruces en el asfalto de una realidad que creíamos que, precisamente ellos, trataban de hacer menos descarnada. Pero, como decía Serrat: "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". Como especie, no tenemos remedio: miles de años de violaciones, guerras, matanzas y genocidios lo demuestran. Como seres humanos, capaces de realizar pequeñas y grandes heroicidades, quiero creer que sí. Porque muchos de ellos trabajan cada día arriesgando sus vidas en estas organizaciones a las que hoy persigue el escándalo. Y no lo merecen. Ellos, precisamente, no.

El otro día, el reportero Alberto Rojas, publicaba un magnífico artículo en El Mundo titulado Lo que he visto y lo que nunca vi. En él, hacía un repaso de las gestas que realizan los cooperantes en todo el mundo. Recordaba a los médicos que hicieron frente, casi en soledad, a la epidemia de ébola en Guinea, Liberia y Sierra Leona y lograron contenerla; a los miembros de una ONG que salvaron cientos de vidas en el canal que separa Lesbos de Turquía con solo dos motos de agua, una lancha y unos cuantos socorristas en tierra; a los cooperantes que se juegan la vida para luchar contra el hambre y las enfermedades entre las ruinas de Mogadiscio desafiando a la guerra civil somalí y a los señores de la guerra; a los profesionales humanitarios de Médicos Sin Fronteras que desafían día a día  el peligro de la guerra del Congo para atender a mujeres violadas…

Esa es la otra cara de la moneda del escándalo de Oxfam, y de otras muchas ONG que también se han visto envueltas en casos similares. Las organizaciones son las personas que las componen. Y en todo cesto hay manzanas podridas. No por ello, tenemos que tirar el cesto, sino apartar a los corruptos, exigir el endurecimiento de los mecanismos de control y supervisión y la aplicación estricta, y sin paliativos, de la ley en estas y en todas las demás organizaciones —¿partidos políticos, por ejemplo?—. Darles la espalda y retirar nuestras aportaciones, o que los gobiernos lo hagan, no es una opción. Estamos hablando de personas que serán abandonadas a su suerte si a estas organizaciones no les llegan fondos con los que atenderlas.

Condeno lo ocurrido, exijo una actuación contundente contra los responsables, pero sigo creyendo en la gente que presta sus servicios en estas organizaciones, gente que, día a día, se juega la vida por salvar la de otros. Sin esta gente imprescindible, el mundo sería mucho más mezquino de lo que ya es. Y eso sí que no lo podemos consentir. Se les va la vida en ello a muchos millones de personas, y a nosotros, la conciencia.

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