Las Vegas, confinada estos días. FOTO: Scotty Warren
Las Vegas, confinada estos días. FOTO: Scotty Warren

Llevo treinta días de confinamiento y sigo resistiendo, abuela. Con altibajos… Dadas las circunstancias, todo transcurre con normalidad: teletrabajo, mantengo videoconferencias con la familia y con amigos, recibo wasaps  —yo envío pocos, no  quiero saturar más la red ni a mi lista de contactos—, cocino, hago bicicleta; salgo a la terraza a leer cuando el sol se cuela de costado a partir de las seis; escribo… Los lunes, salgo a comprar y los sábados, mi marido y yo limpiamos la casa. Sé que esto Elena Francis me lo reprocharía: Querida amiga: mantener limpio y en orden el hogar es una de las tareas primordiales en el quehacer cotidiano de las mujeres. Por ello, deberías plantearte limpiar más a menudo y dejar que tu marido haga cosas más productivas en estos tiempos en los que el intelecto masculino es más necesario que nunca para salir de esta crisis. Menos mal que ya pasaron esos tiempos que algunos ansían con vehemencia y para cuya vuelta, trabajan activamente sembrando de odio y de espíritu de revancha las redes.

Repaso lo dicho y me doy cuenta de lo afortunada que soy: todavía tengo un empleo, dispongo de un ordenador con el que puedo trabajar en casa y ver a los míos; tengo una terraza donde el sol da un ratito; escribiendo, puedo vivir otras vidas que me rescatan del aislamiento social al que este puto bicho nos ha condenado durante no sé cuánto tiempo; mi nevera está llena; mi marido y yo seguimos juntos y bien… No tengo derecho a quejarme. Y menos, cuando miro alrededor: a las miles de personas que no pueden acompañar a sus seres queridos en el último trance de la vida, ni siquiera velar sus restos; a las familias que viven en una habitación y que sobrellevan el confinamiento con la angustia añadida de no tener para dar de comer a sus hijos —me cuenta una amiga que una mujer trató de suicidarse en su barrio porque no tenía para dar de comer a sus hijos—; a los que han perdido su trabajo y no saben cuándo cobrarán el desempleo ni si volverán a trabajar o en qué condiciones (mucho me temo que ese ‘arrimar el hombro’ al que se apela para superar el desastre humanitario y el descalabro económico, supondrá que unos pocos, los ricos, no acercarán ni la primera falange del meñique, mientras que a la clase trabajadora se nos obligará a arrimar los dos hombros, la espalda y hasta el culo…).

Tiemblo al oír noticias como que en Las Vegas, los enfermos son aparcados en parkings públicos mientras los hoteles del entorno están cerrados; que en Ecuador muchos caen por la calle, asfixiados, sin que nadie se ocupe de ellos y los cadáveres están siendo quemados en la vía pública o que los expertos vaticinan que el coronavirus provocará un genocidio silencioso entre los más de 1.300 millones de pobres que viven con menos de un dólar al día, sin medicinas, sin agua potable, sin alimentos…

Y me siento culpable por tener altibajos, por no soportar ya la canción Resistiré que un vecino de mi calle repite machaconamente tras el aplauso de las ocho, por no apetecerme fingir que no pasa nada, que todo está bien y que, pronto, volveremos a la normalidad. ¿Normalidad? ¿Cómo será la normalidad después de esta catástrofe sin parangón en la historia reciente que dejará cientos de miles de muertos, millones de desempleados y unos gobiernos más autoritarios, y con la tecnología de su parte para controlarnos después de este ‘forzado experimento social’ del aislamiento?

Pero hoy, esa culpabilidad está cediendo, abuela. Hoy, tomando prestado el título de un magnífico artículo de Octavio Salazar, reivindico mi derecho a la tristeza por algo mucho más prosaico, menos trágico, más trivial: la falta de abrazos, de caricias, de miradas, de contacto… y por la perspectiva de no poder disfrutarlos a medio plazo; ya la ministra Reyes Maroto, advierte de que ‘habrá que guardar la distancia un tiempo, hasta en la playa’.

Dicen que la desescalada será progresiva. No sé en esa progresividad cuándo le llegará el turno a los abrazos. Solo sé que hoy, aun sintiéndome insolidaria por hacer este ejercicio público de desahogo, me voy a conceder el derecho de lamentarme por la falta de abrazos. Ya perdonarás la muestra de egoísmo de esta privilegiada. Será solo un ratito, abuela.

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