La directora Nata Moreno y el violinista Ara Malikian posan con el Goya a la mejor película documental, por ‘Ara Malikian, una vida entre las cuerdas’, en una imagen de archivo.
La directora Nata Moreno y el violinista Ara Malikian posan con el Goya a la mejor película documental, por ‘Ara Malikian, una vida entre las cuerdas’, en una imagen de archivo.

"Durante algún tiempo, el mundo fue un milagro. Luego regresó la oscuridad”. Así comienza Rosa Montero el relato de la caída de los cátaros en el castillo de Montsegur, asediado por las tropas católicas en siglo XIII, en su Historia del Rey Transparente. No sé si ha habido en la historia una época milagrosa; sí ha habido épocas muy oscuras de las que, lamentablemente, no hemos aprendido lo suficiente.

Entre las primeras matanzas documentadas en el Neolítico, como la de Talheim en Alemania, y las guerras actuales de Yemen, Siria o Sudán del Sur o las recientes revueltas sociales de América Latina, han pasado miles de años. Nada nuevo bajo el sol. Los poderes económicos señorean en el mundo ignorando a la gente, arrinconando la justicia social, fomentando la desigualdad que mata la democracia, mientras los derechos humanos sobreviven con respiración asistida. De este modo, la gente se siente cada vez más amenazada, vulnerable y desprotegida. Y así, se echa en brazos de los que, falsamente, les prometen seguridad, patria, bandera y grandeza, discursos rancios que siempre han llevado a la humanidad a la catástrofe.

Pero a pesar de su trágica historia, el ser humano sigue en la Tierra. —No sé si por mucho tiempo después de las desalentadoras conclusiones de la COP25 de Madrid y de la constatación de que el clima se está volviendo cada vez más extremo, a los efectos de la borrasca Gloria me remito—. Con razones para la esperanza y para todo lo contrario.

Cada vez más consumistas pero, también, más concienciados con sus efectos nocivos gracias a figuras como la de Greta Thunberg, que inspiran a millones de jóvenes en el mundo. Más desiguales —hasta el propio FMI defiende ya un aumento del gasto social, pasando así página a la austeridad que ha dejado en la cuneta a tanta gente—, pero con más movimientos ciudadanos dispuestos a luchar contra esta brecha social: los jóvenes de Chile, el laboratorio neoliberal de América Latina que sigue ardiendo;  los pensionistas de España o en Francia, contra la reforma de las pensiones; los sindicatos, que empiezan a ganar la batalla a la precarización laboral en empresas como Glovo, Deliveroo, YouTube y en algunas cadenas hoteleras.

Poniendo en entredicho lo conseguido en el camino de la igualdad entre hombres y mujeres —cerramos el 2019 con la mayor cifra de mujeres asesinadas desde el 2015 y, en lo que va de mes,  llevamos ya seis asesinadas—, pero con un movimiento feminista cada vez más fuerte e internacionalista dispuesto a defenderse.

Más intoxicados por mensajes xenófobos, contra los que, sabiamente, nos previno Ara Malikian en la última gala de los Goya, pero, a su vez, asistiendo a manifestaciones multitudinarias como las de las sardinas que protestan contra las políticas de odio alentadas por Salvini en Italia.

Como ves, abuela, de todo hay. Como siempre, dirás tú. Y tienes razón. Siempre ha habido gente que destruye y gente que crea. Gente que mata y gente que protege la vida. Gente que tiende puentes y otras que los dinamitan. Pero, a pesar de lo que parece, yo creo que la gente buena gana por mayoría, aunque sus acciones pasan más desapercibidas porque no hacen crecer la audiencia de los informativos. Esa gente, haciendo cosas pequeñas en su día a día, es la que adecenta el mundo, la que impide que esto se vaya a la mierda del todo y sin remedio. Es esa gente la me hace creer que hay motivos para la esperanza. A pesar de tanto desvarío…

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