Una playa de Cádiz, con bandera roja durante el confinamiento. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Una playa de Cádiz, con bandera roja durante el confinamiento. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Esta crisis me está enseñando mucho. Más de lo que yo creía. Más rápidamente de lo que nunca pensé sobre templanza, bondad, ideales. También sobre maldad, odio, mezquindad, ansia desmedida de poder… Todas, enseñanzas necesarias para comprender la materia de la que estamos hechos. Materia que tú, abuela, conocías muy bien. Te tocó aprenderlo demasiado pronto.

A los pocos días de que comenzara la Guerra Civil, el abuelo, socialista de toda la vida, viendo cómo los falangistas detenían a todo el que se hubiera señalado a favor del Frente Popular, se escondió en el pozo que había en el patio de nuestra casa. Estuvo allí cinco días. Al sexto, vinieron a por él. Fueron a tiro hecho: lo primero que registraron fue el pozo. ¿Quién lo denunció? A la fuerza tenía que ser alguno de los vecinos, solo eran tres, que te hubieran visto bajarle la comida de madrugada. Semanas después, el vecino del primero comenzó a exhibirse con un brazalete de la Falange. Ese detalle, y que te evitaba la mirada cuando os cruzabais, te convenció de que había sido él. Desde entonces, una profunda amargura te acompañó. ¿Cómo había podido hacer eso Pepe? ¿Cómo había llegado la sociedad a esa división, a ese odio entre hermanos? Nunca lo entendiste. Yo tampoco, hasta ahora que me ha tocado vivir otro tipo de catástrofe, una sin parangón en la historia reciente, que se está llevando miles de vidas por delante y está reavivando en la sociedad un odio irracional que asusta. Un odio muy antiguo que no se achanta a la hora de usar mentiras, insultos, injurias, invenciones calumniosas para conseguir sus fines. Y, seguramente, porque pertenezco a una familia de vencidos que lleva el miedo pegado a la piel, tiemblo al pensar en las consecuencias que esa manipulación social puede provocar en la convivencia del país.

Por eso, hoy más que nunca, la sociedad civil debe asumir su responsabilidad: informarse adecuadamente y escuchar a los expertos —no al cuñao que ahora es epidemiólogo, sanitario, sociólogo, politólogo, educador…—; no contribuir a esparcir mentiras; sustentar las propias convicciones en datos y no en percepciones o emociones, y no demonizar las contrarias; no fomentar actitudes que contribuyan a enfrentarnos de manera irreparable; no seguir el juego a los que insultan, mienten e incitan al odio… Y, cuando esto acabe, exigir responsabilidades a la clase política. A toda: a la que recortó los servicios públicos y, especialmente, la Sanidad (España es el cuarto país de la OCDE que más ha recortado en Sanidad en la última década, solo por detrás de Grecia, Islandia y Portugal); a la que contribuyó a la desindustrialización del país y nos abocó a tener que comprarlo casi todo en China; a la que no vio venir la gravedad de la pandemia y, ahora, da palos de ciego diciendo un día una cosa y el otro, la contraria; a la que, a balón pasado, sabía perfectamente lo que se tendría que haber hecho, pero, antes, no presentó ni una sola propuesta para prevenir lo que se nos venía encima, ni en el Parlamento nacional ni en el de las comunidades autónomas. Todos, absolutamente todos: gobierno central, gobiernos autonómicos de todo signo político, OMS y gobiernos del resto del mundo tienen su parte alícuota de responsabilidad en esta catástrofe.

A estas alturas del desastre, o empezamos a remar todos en una dirección —en ese sentido, resulta ejemplar la unanimidad conseguida en el Parlamento Andaluz para crear una ‘alianza por Andalucía’ para salir de la crisis— o nos vamos a la reputísima mierda como país. Es necesario restablecer los puentes, crear consensos, dialogar… Se lo debemos a los miles de muertos que este maldito virus se ha llevado por delante. Nos lo debemos a los que continuamos aquí y tenemos que seguir conviviendo el día después de que esto pase.

Toca reflexionar si queremos construir algo común o dejamos que los cimientos de la sociedad se pudran por completo y el odio y la irracionalidad ganen la partida obligando a la mitad del país a esconderse en un pozo de la otra mitad que, desde el balcón, fisgoneará para denunciarla al día siguiente. El odio solo lleva a la catástrofe; a otra catástrofe a añadir a la de los miles de muertos que tanto duelen. Ojalá se imponga la sensatez. Si no, que Dios nos coja confesados.

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