Fragmento de la portada de 'Fractura', de Andrés Neuman.
Fragmento de la portada de 'Fractura', de Andrés Neuman.

Me gusta la campaña publicitaria que la tienda de moda alemana Zalando ha puesto en marcha. Su eslogan “Aquí para quedarse” pretende hacer una llamada de atención sobre valores como la diversidad sexual, la inclusión y el empoderamiento. Celebro que estos temas estén en la agenda publicitaría, aunque ignoro cuánto de verdad y cuánto de marketing hay en todo ello. Sea como sea, es positivo que la gente repare en estas cuestiones mientras espera en la parada de autobús o cuando pasea por la calle. 

Solo hay un matiz que me parece un tanto riesgoso y es dar por sentado que los derechos conquistados en siglos de lucha por los colectivos tradicionalmente discriminados: mujeres, grupos LGTBI, personas con capacidades diferentes, etc. son inamovibles una vez conseguidos. La historia nos demuestra cuán fácil es dar marcha atrás en derechos y libertades. 

Hace menos de un siglo que las mujeres conseguimos el derecho a voto; poco más de dieciséis años de que se promulgara la Ley Orgánica 1/2004 de  Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género; quince, del matrimonio homosexual; ocho, de la Ley General de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social. Y el borrador de ley que regula los derechos de las personas trans aún está en el horno no exento de polémica. ¿Qué es ese tiempo en comparación con los siglos que llevamos soportando una discriminación y una falta de derechos, a todas luces, injusta? El peso de la costumbre es muy poderoso y las mentalidades no se cambian de la noche a la mañana. No hay más que oír a  una diputada de extrema derecha en las Cortes Valencianas negando la brecha salarial y afirmando que si las mujeres ganamos menos es por voluntad propia, porque pedimos medias jornadas para estar con nuestros hijos o para atender nuestra casa y nuestra familia. 

Por eso, machacar la idea de que los derechos han venido para quedarse (tampoco es que hayan venido, se han peleado) puede llevarnos a una falsa comodidad, a una errónea creencia de que los avances sociales son para siempre sin que tengamos que hacer nada para preservarlos. 

¡Ay, abuela! Tal vez me estoy pasando de cautelosa, pero estoy convencida de que derecho que no se lucha, derecho que se pierde. Y si no, que nos lo digan a la clase trabajadora que desde hace décadas venimos sufriendo un paulatino recorte de derechos en las sucesivas reformas laborales. Como dice Andrés Neuman en su magnífico libro Fractura: “Cuando se repite muchas veces una palabra, termina perdiendo su significado”. No dejemos que vacíen de significado palabras como igualdad, inclusión, tolerancia, derechos, justicia… No permitamos que se queden en meros anuncios publicitarios.

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