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Niños de vacaciones. ¿Qué hacemos con ellos? Convertir un 'problema' en oportunidad sería una buena opción cuando se rompe ese equilibrio inestable que es el día a día de los que tenemos niños.

Hablando con un amigo de otra generación por debajo de la mía y sin hijos, me comentaba que tenía en su entorno muchos padres recientes que habían tenido los hijos casi por obligación y ahora delegaban de lunes a viernes en los abuelos y los fines de semana buscaban mil excusas para tampoco pasar tiempo con los niños. Entre otras cosas porque no sabían gestionar ese tiempo con sus hijos. Las vacaciones para ellos se convertían en un auténtico drama. Recordé entonces el genial monólogo del siempre lúcido Carles Capdevilla sobre las diferencias entre tener en casa niños o adolescentes (si queréis reíros un rato os lo recomiendo). En él decía cosas tan interesantes como que tener hijos o no tenerlos son opciones igualmente respetables pero si los tienes no te resistas a que la vida te cambie (ahí está la gracia) y sobre todo, edúcalos. Tener un hijo no es práctico pero es apasionante, maravilloso, divertido, una aventura fantástica.

Cada uno somos nosotros y nuestras circunstancias y es cierto que tal como está montada la vida 'moderna', la mayoría de las veces es imposible no delegar o buscar ayuda externa con los niños. Es incluso saludable porque los súperpadres perfectos que llegan a todo no existen. Y si además tienes la suerte de poder contar con los abuelos no prives a los niños de disfrutar de ellos que son uno de los mayores regalos que te puede dar la vida, pero que el disfrute sea de todas las partes, especialmente de los abuelos.

En cualquier caso, como padres debemos estar lo más presentes posible. Porque una parte de la educación de nuestros hijos es alimentar su memoria emocional. Y los recuerdos emocionales nos traen muchas veces la imagen de los que nos acompañaron en la construcción de ese recuerdo, personas con las que el vínculo feliz existe de por vida.

Si en el día a día durante el curso es más complicado hacer cosas especiales o diferentes que construyen muchos de nuestros recuerdos felices, las vacaciones, y sobre todos las estivales que son más largas, son un buen momento para compartir. ¿Quién no tiene un recuerdo feliz de sus vacaciones de verano de niño?

Para conseguirlo hay que tener en cuenta varios puntos. Punto 1: Los niños de vacaciones no son un estorbo, las vacaciones son un regalo (además de una necesidad) y de nuestra predisposición en este sentido va a depender que el plan salga bien. Punto 2: Las vacaciones son una oportunidad de hacer cosas con ellos y se pueden buscar planes especiales de muchos tipos, según gustos y posibilidades. Punto 3: No agobiarse intentando llenar todos los días de vacaciones con planes “súpermolones” donde no quepa el aburrimiento. Uno de mis recuerdos felices de los días de verano de mi infancia son también esos ratos de aburrimiento que eran míos y sólo míos.

Leía el otro día un artículo en el que los pedagogos defendían deberes para el verano como practicar deporte, cuidar el jardín o visitar museos, antes que recurrir al Vacaciones Santillana de turno como forma de aprendizaje. Buscar actividades que estimulan la creatividad, la autonomía y el vínculo familiar. Romper las rutinas que ya llegará el largo, rígido y frío invierno. 

Mis veranos fueron sencillos y felices. Playa, piscina, primos, amigos, la serie de la sobremesa a oscuras y en silencio para no perturbar la paz de la siesta, descubrir los 40 principales, hacer pulseritas, cines de verano, noches de terraza, acostarme tarde, disfrutar de una abuela todavía joven con la que me encantaba irme a pasar unos días, acompañar a mi padre a hacer alguna gestión…Ese descontrol controlado tan propio del verano que te permitía hacer cosas que no podías hacer cuando no estabas de vacaciones. La felicidad era eso.

Ahora las cosas son algo más complejas. Se viaja más, conocemos más y tenemos una idea más sofisticada de cómo debe ser el ocio de los niños. Y es bueno aprovecharlo pero no debe perderse la esencia. Exprimir al máximo un campamento bilingüe pero también disfrutar juntos de cosas elementales como las tertulias o las pelis en familia. Construir recuerdos.

Ojalá que cuando dentro de muchos años a mis hijos les pregunten por sus mejores recuerdos de la infancia, en algunos de ellos estemos su padre o yo. Y sobre todo, ojalá que tengan muchos recuerdos felices. 

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