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En este país se está poniendo caro ejercer de ciudadano y más de artista y libre pensador. Ser titiritero o rapero se ha convertido en una profesión de riesgo.

Dice el gran Javier Ruibal que “este país está retrocediendo tanto que cualquier día nos cruzaremos por la calle con Isabel la Católica". Javier no solo es extraordinario como músico, compositor e intérprete, sino que además cultiva en escena un tipo de ingenio muy inteligente con sello del barrio de La Viña. Como Javier, otros muchos cantantes, escritores, poetas, políticos, sindicalistas o activistas sociales, disfrutaron de un inmenso espacio de libertad de expresión en vísperas de aprobarse la Constitución; libertad de la que hoy, 40 años después, carecemos.

La situación está llegando a límites verdaderamente insoportables, pues resulta que, como consecuencia de la ley mordaza, la modificación del Código Penal acometida por el Partido Popular, y las disparidades de criterios con los que algunos jueces lo aplican, cantar que los Borbones son unos ladrones, que el rey emérito es de bragueta ligera y referirse con muy mal gusto al terrorismo, te puede llevar, como es el caso de Valtonyc, directamente al trullo. Y para colmo, la pena puede ser la misma o mayor que la que le aplican a un maltratador por darle palizas a su compañera durante años, a un cura por abusar de un menor, o a uno de esos  tipos  vestido de Armani que se ha gastado una pasta con la tarjeta black  -bebiendo whisky en “compañía” y fumando puros de los buenos-  que luego hemos tenido que reponer todo los españoles por la vía del rescate bancario.

En este país se está poniendo caro ejercer de ciudadano y más de artista y libre pensador. Ser titiritero o rapero se ha convertido en una profesión de riesgo. La censura  se ejerce descolgando obras en Arco o secuestrando libros , y también en los medios de comunicación públicos y comprando, vía publicidad institucional,  a los privados que se dejan. Amnistía Internacional acaba de denunciar la restricción “desproporcionada” de la libertad de expresión en España en los últimos años. Y ya no solo para los creadores. Ahora hay que ser muy  cuidadoso con los comentarios en redes sociales e incluso con inocentes excesos verbales de la vida cotidiana. Cagarse en dios, por ejemplo, algo natural cuando te pillas un dedo con una puerta, te echas un café encima en la barra de un bar, o compruebas que tienes los números del cuponazo en distinto orden, puede ser un delito contra los sentimientos religiosos si hay un católico recalcitrante presente que se considere agredido.

No te bastará entonces con argumentar que, según establece la Constitución, vives en un país aconfesional. Eso ya lo hizo el joven jienense enjuiciado por subir a Instagram un fotomontaje de su rostro suplantando al del Cristo de la Amargura, y no le sirvió de nada. La propia hermandad que custodia al santísimo, conocido como El Despojado, lo denunció y el Juzgado de lo Penal número 1 de Jaén lo condenó al pago de una multa de 480 euros. Dice Gerardo Tecé (@gerardotc) que “para 2020 ya estaremos lapidando infieles”. Lo ha clavado.

En este país se está poniendo caro ejercer de ciudadano y más de artista y libre pensador. Ser titiritero o rapero se ha convertido en una profesión de riesgo

Quién se lo iba a decir a Javier cuando disfrutaba de “vacaciones pagadas” como recluta en un cuartel de San Fernando, y, entre permiso y permiso, cantaba por los pubs Lo dejaré casi todo / mis canciones agresivas / de la formas que yo quiero / vomitadas y escupidas / al uniforme rastrero / hasta enterrarlo en el lodo… En fin que, con la que está cayendo, mejor dejo en el cajón hasta mejores tiempos aquel guion tan divertido que se me ocurrió hace años con la intención de hacer un corto. 

La historia era que dos colegas, desesperados tras varios años en paro, planean secuestrar a la Virgen del Rocío en los días previos al inicio de la romería, y sacar unas pelas de rescate para largarse y montar un bar en Barcelona. Hacen la cuenta y deducen que con que la mitad de rocieros y rocieras paguen un eurito, triunfan. Dicho y hecho. Los bandidos de pacotilla, enfundados en monos y pasamontañas,  consiguen saltar la reja de madrugada y llevarse a la  Blanca Paloma, pero con tan mala suerte que la furgoneta en la que emprenden la huida les deja tirados a pocos metros de la ermita… No les cuento el final -que imaginaba con un temazo de Ruibal tipo Atunes en el Paraíso-, pero les adelanto que la cosa no acabó bien. Cuando echaron de menos a la reina de las marismas, devotos y devotas, muy contrariados, se organizaron en patrullas y peinaron la aldea hasta dar con los sacrílegos atrincherados en la furgona. Cuando llegó la Guardia Civil estaban… (Continuará, o no)

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