Entrada de una estación de Metro de Nueva York, en plena cuarentena. FOTO: Robert Lejeune
Entrada de una estación de Metro de Nueva York, en plena cuarentena. FOTO: Robert Lejeune

Este viernes tuve la oportunidad de asistir a una conferencia vía telemática impartida por Juan Torres López, catedrático de economía de la Universidad de Sevilla. Como era de esperar, el tema era la incidencia del coronavirus en la economía. Como suele acertar siempre en sus predicciones y análisis tomé algunas notas, de las que he sacado mis interpretaciones. Se trata de un conocimiento privilegiado que a mi parecer merece la pena ser compartido.

Antes de esta situación, había cierto eco al respecto de una crisis económica venidera. Esta se podía intuir dada la desaceleración del crecimiento económico. La desproporcionada rentabilidad de especular en las bolsas de valores estaba provocando la desviación de los recursos monetarios de la actividad industrial hacia estos mercados. Si la bolsa te puede dar una rentabilidad del 30%, ¿para qué invertir en industria al 5% de rentabilidad? La falta de recursos en la industria generaría una crisis de oferta de un momento a otro. Por si fuera poco, las bolsas tampoco eran especialmente estables.

Si bien existía una carga de pólvora grande, alguien tiró al montón una caja de dinamita con una mecha encendida. El coronavirus primero afectó (y afectará) a las cadenas de aprovisionamiento. A la industria le faltan materiales para seguir produciendo porque no les llegan. Causa inmediata de la creciente apuesta por la globalización sustituyendo al comercio de proximidad. Tenemos aquí otra crisis de oferta distinta a la anterior.

A su vez, si todo el mundo está confinado en su casa, el consumo se desploma. Por lo tanto, tenemos una crisis de demanda y además muy peculiar. Da igual la liquidez que inyectemos en el sistema para reactivar la demanda, porque esta queda anulada hasta que termine el confinamiento. En definitiva, tenemos una crisis de oferta sobre otra crisis de oferta más un serio problema de demanda. Se trata de un cóctel tan explosivo como un bocadillo de dinamita con pan de barritas de plutonio.

En España operan tres millones de empresas con menos de cinco trabajadores. Estas empresas, al igual que sus trabajadores, pueden llegar a soportar un par de semanas de pérdidas, pero no mucho más. La prolongación de pérdidas más allá de eso es la quiebra casi segura. La situación es especialmente peligrosa porque pone en riesgo el tejido microproductivo del país que tanto ha costado construir. Eso sí, es una situación peligrosa, pero no insalvable.

La única forma de salir de esto airosamente es garantizar el ingreso de las pequeñas empresas, de los trabajadores y sus familias. Dado que el Estado no tiene los suficientes ahorros como para ello y la banca privada tampoco tiene los suficientes recursos, aparte de ser caros, la única solución pasa por una intervención directa del Banco Central Europeo. Este debería financiar directamente al Estado, algo que de momento está prohibido en la Unión.

Esta es la fórmula que se está aplicando ahora mismo en Dinamarca. El Estado se ha comprometido a sufragar entre el 70 y el 80% de las perdidas de las empresas privadas, con la condición de que no despidan a ningún trabajador. Esta acción que puede suponer un desembolso equivalente al 13% de su PIB pretende lograr la hibernación de la economía, para una vez que termine la pandemia poder volver a una situación de normalidad.

Esta solución es la única que nos salvaría de la debacle. Debemos luchar por la emisión de eurobonos y la financiación directa del BCE. La financiación privada generaría un sobrecoste de deuda por los intereses privados que no es asumible. Y las condiciones del rescate tal y como lo plantean Alemania y Países Bajos son de momento inaceptables. Claro está que nosotros, desde Jerez, poco podemos hacer, excepto quizás prepararnos para el día en el que empiece la recuperación económica. Por lo que solo nos queda esperar y observar el desempeño del Gobierno. Este a mi parecer está actuando en la línea correcta, entre otras cosas presionando a Europa. Al fin y al cabo, no solo nos jugamos caer en una crisis, también está en juego el futuro de la Unión.

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