Pasada manifestación del 8M en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA
Pasada manifestación del 8M en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA

Todos hemos nacido de una mujer. Todos fuimos una vez en nuestra vida, los primeros nueve meses, parte del cuerpo de una mujer. Compartíamos su sangre, su oxígeno, su alimento. Por eso, todo hombre lleva dentro, aunque no lo quiera reconocer, una parte de mujer. Su madre. Y a lo largo de la vida, la madre, dejará la impronta en sus hijos. De ahí la importancia de la mujer: el poder de criar a la Humanidad. Y eso la hizo enemiga de algunos hombres. Que creían que por su mayor fuerza física a la hora de cazar eran superiores a ellas. Ellos también querían el poder de la tribu. Allí nació el machismo. Le inventaron supersticiones donde la culpaban de todos los males de la Humanidad. Fue una mujer la que mordió la manzana. Incluso la discriminaron por algo tan natural como la menstruación. Algo que es signo de vida nueva, el machismo lo convirtió en un castigo divino.

Hasta nuestros días. Hoy, también acusan a la mujer nada más y nada menos que de ser fuente de contagio de pandemias. Hay religiones que practican aún la ablación de la mujer. Horrible. Pero también hay religiones que practican la ablación espiritual y psicológica de la mujer, privándola de los mismos derechos que los hombres sólo por ser mujeres.

Nada ha cambiado en algunas cabezas. Pero sí ha cambiado el renacer de una conciencia feminista que permita de una vez por todas la igualdad de mujeres y hombres en deberes y derechos ciudadanos.

En estos días se celebra en una de las instituciones más machistas del mundo, la Iglesia Católica, la fiesta del Corpus Christi. El cuerpo de Cristo. ¡Hasta dónde ha llegado la manipulación del Evangelio por parte de los machistas, que han convertido a la mujer dentro de la Iglesia en un cero a la izquierda! Un cero que sólo sirve, entre otras cosas, para hacer dulces, tocar la guitarra, limpiar la parroquia, leer en misa, dar catequesis, o si eres de buena familia y formación, la dejan ser secretaria o portavoz de algo, que da mucha importancia, pero que realmente lo que hacen es decir lo que los hombres les dicen que digan.

No tengo espacio aquí para contar toda la relación que tuvo Jesús de Nazaret con las mujeres. Obviamente, en la Judea de 2.000 años atrás no podía elegir apóstolas porque la mujer entonces no era nada y no las iban a tomar en serio. Pero las visibilizó. Las dejó ser sus discípulas. Se acercó a las más rechazadas como la samaritana. Fue amigo de Marta y María. Y eligió a María Magdalena, una mujer a la altura, si no más, del mismísimo Pedro. Fueron las mujeres las valientes que no abandonaron a Jesús en su muerte, cuando todos lo discípulos varones huyeron y le dejaron solo. Por eso, cuando resucitó, se apareció a ellas antes que a ellos.

Mateo 18,20: Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Con todo esto ¿Cómo tiene la Iglesia aún la poca vergüenza de negarle a la mujer un sitio igual al hombre por el mero hecho de ser mujer? ¿Cómo pueden decir que una mujer no es capaz de hacer una eucaristía? Os aseguro que hay algunos clérigos con tanto odio interior en forma de machismo u homofobia que a la hora de la consagración, cuando ofrecen el pan y el vino, siguen siendo pan y vino, porque les falta amor para convertir las especies en cuerpo y sangre de Cristo. Son eucaristías que no valen. Porque Dios no está allí. Sin embargo, hay mujeres tan cargadas de amor, que ellas mismas son las ramas y los sarmientos de Jesús y son capaces también de hacer una eucaristía con el poder de la consagración. ¿Hasta cuándo van a aguantar las mujeres católicas esta situación de desprecio y discriminación? Cristo también es mujer y la Iglesia del siglo XXI será feminista o dejará de ser Iglesia de Cristo.

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