Miguel de Cervantes, en un grabado.
Miguel de Cervantes, en un grabado.

Hay muchas ocasiones en la vida en que más vale no tentar a la suerte, como en los asuntos del amor. Determinadas cosas son demasiado valiosas como para apostarlas a la buena de Dios, con la mayor frivolidad. Si caemos en esta tentación, luego pasa lo que pasa. Eso es lo que hemos visto en La isla de las tentaciones, donde un puñado de concursantes ponen a prueba la fidelidad de sus respectivas parejas. Ellos dicen estar seguros, pero el espectador ya sabe que habrá decepciones. Tiene que haberlas porque, de lo contrario… ¿Qué aliciente tendría para la audiencia un programa en el que todos son espejos de virtud? Se supone que los interesados piensan, con lógica implacable, que cualquier relación es vulnerable menos la suya. 

Sin duda, más de uno y una se evitaría este tipo de disgustos si hubiera leído a Cervantes. ¿Cómo? ¿Tiene algo que ver el Príncipe de los Ingenios con un reality show? Pues resulta que el Quijote intercala una novela corta, El curioso impertinente, donde el protagonista se juega la lealtad ajena por un motivo fútil. En Florencia, Anselmo le pide a su buen amigo Lotario que corteje a su esposa, Camila. Se le ha metido en la cabeza averiguar si esta le es fiel o no. 

Si tuviera dos dedos de frente, Anselmo se estaría quieto. Hubiera comprendido que, en una esposa, la fidelidad se da por supuesta puesto que no hay verdadero matrimonio sin confianza. Él, por el contrario, necesita una prueba tangible como el Tomás de los Evangelios, el que no creía en la resurrección de Cristo sin palpar las heridas de la Cruz. El problema es que, al buscar una demostración, introduce la sombra de la duda. Hasta que tenga la evidencia, no sabrá si se puede fiar o no de su mujer. Aquí es donde radica la “impertinencia” que da título al relato, una agresión gratuita la otra persona.  

Camila, al principio, rechaza a Lotario. En lugar de pensar “prueba superada” y olvidarlo todo, Anselmo le pide entonces que insista. Y tantas veces va el cántaro a la fuente… La esposa y el amigo se hacen amantes mientras el marido engañado permanece en las nubes. Ahora, que tiene motivos para preocuparse, vive tranquilo. Antes, sin ninguna razón para la inquietud, tramó un plan absurdo sin ninguna necesidad. Finalmente, la verdad se descubre y el desenlace es trágico. 

La trama cervantina, como han hecho notar los estudiosos, bebe de diversas fuentes. Una de ellas es Heródoto, el gran historiador griego. En su indagación sobre el pasado encontramos el caso de un soberano, Candaules, al que se le ocurre pedir a su favorito, Giges, que contemple desnuda a la reina. Quiere, por pura vanidad, que su servidor compruebe por sí mismo lo afortunado que es por tener a una mujer tan hermosa. El problema es que a ella, cuando se entere, la idea no le hará ni pizca de gracia. Por eso pondrá al pobre Giges, que solo cumplía órdenes, ante una terrible elección. Tiene que decidir si prefiere morir él, en castigo por faltar a las “leyes del decoro”, o matar a Candaules. Como la suya no es la vocación del mártir, el fiel servidor escogerá lo segundo. El monarca, de esta forma, cae víctima de su propia estupidez. 

Tanto la historia de Cervantes como la de Heródoto muestran a un personaje masculino que labra su desgracia sin ninguna necesidad, en medio del optimismo más desaforado, como si nuestros actos no pudieran tener consecuencias imprevistas. En La isla de las tentaciones, los concursantes hacen exactamente lo mismo y exponen lo que no debería tener precio para alcanzar un premio banal. Da lo mismo si se trata de satisfacer un orgullo mal entendido o de disfrutar del oropel de la fama y del dinero: el objetivo que se busca nunca está en proporción con el riesgo que se asume. Los respectivos protagonistas no se dan cuenta, pero crean una situación artificial en la que los implicados acaban haciendo cosas que nunca habrían pasado por su imaginación en circunstancias normales. Camila y Lotario no habrían sido nunca infieles si Anselmo no hubiera activado el mecanismo de la catástrofe. Giges, a su vez, se ve envuelto en una situación que él no ha buscado. Los clásicos, de esta forma, nos enseñan una verdad tan vieja como evidente, que quien evita la ocasión evita el peligro. 

 

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