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Me avergüenzo de los gobernantes que tenemos y hemos tenido. Siento un profundo rubor por el trato que le han dado al centro histórico y a la fuente de riqueza que representa. Su indolencia, falta de interés y nulo compromiso jamás serán olvidados. El próximo miércoles será el de ceniza. Comenzará la cuaresma y con ella el trasiego de personas buscando besamanos, conciertos, traslados, pregones y todo lo que se tercie relacionado con el mundo de las cofradías. Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris, que se dice. Tengo que admitir que me gusta el mundo y el ambiente que rodea a la Semana Santa y sus vísperas, para qué negarlo, y sobre ello tendré tiempo de escribir alguna cosa en las semanas que se aproximan. Pero aprovechando la coyuntura, me gustaría sacar a colación otro episodio mitológico que casa muy bien con un proceso no tan positivo que presenciamos cada primavera desde hace demasiados años. Como ya dije en alguna ocasión, todos los episodios mitológicos son extensos y muy distintos a esos que vemos reflejados en películas realizadas con muñecos de plastilina o efectos especiales de relumbrón.

Perséfone es hija de la diosa Deméter. Su tío Hades se enamoró perdidamente de ella, la secuestra y se la lleva a su reino subterráneo con la complicidad de su hermano Zeus y a escondidas de su propia madre. Deméter, desquiciada y desesperada, vaga por todas partes buscando a su hija, dejando tras de sí un mundo desolado, privado de flores, plantas y cultivos. Entretanto Hades hace comer a Perséfone seis semillas de granada como prueba de fidelidad hacia él. Zeus, preocupado por los efectos que está teniendo el estado de su también hermana Deméter, intenta convencer a Hades para que libere a Perséfone y le permita volver con su madre, consiguiendo así que todo volviera a la normalidad. Pero Perséfone ya es la esposa de Hades y reina del inframundo, ha demostrado fidelidad a su esposo y ha comido algo del reino subterráneo, por lo que no se puede marchar nunca. Finalmente Hades consiente en dejar a Perséfone durante seis meses cada año en el mundo exterior y al amparo de Deméter, teniendo que pasar los otros seis meses junto a él en el reino del inframundo. Es una alegoría de lo que ocurre cada año: en primavera Perséfone vuelve con Deméter y los campos florecen, los cultivos abundan y las cosechas se recolectan. Luego, a los seis meses y coincidiendo con la llegada del otoño, se produce la vuelta al reino subterráneo, provocando la desolación en todos los lugares que antes eran todo esplendor. Y así año tras año y por toda la eternidad.

Y es ahora, con la inminente llegada de la primavera, coincidiendo con la cuaresma de azahar florecido y a la espera de una cercana Semana Santa, cuando vemos otro ciclo que se repite todos los años para nuestra vergüenza y sonrojo. En breve presenciaremos camiones de alquitrán por nuestras calles, tapando chapuceramente los socavones —ya han superado la categoría de boquetes— que presenta el adoquinado del centro histórico. Curiosamente esta maniobra sólo se realiza por las calles por las que posteriormente transitarán las cofradías y, por supuesto, durante el resto del año y en las calles donde no han tapado nada no se vuelve a realizar una maniobra similar. Perséfone en Jerez viene bañada en asfalto, como si trajese toda la ponzoña del reino subterráneo del que proviene.

¿Es que ningún lumbrera municipal ha hecho las cuentas de lo que cuesta reponer el adoquinado en condiciones y compararlo con el coste que tiene año tras año echar camiones de alquitrán y la mano de obra que ello conlleva? ¿Nadie piensa en la terrible imagen que se proyecta de nuestra ciudad con esos parchetones negruzcos sobre un adoquinado ya de por sí degradado e irregular? ¿Siempre las soluciones van a ser las mismas en esta ciudad, donde las lozas de Tarifa desaparecidas se han sustituido por una capa de cemento y gracias? ¿Existe la competencia en este consistorio o es un relato mitológico que, al paso que vamos, se transmitirá de generación en generación?

Y este es el devenir de esta ciudad: Perséfone llega, mira y se va demasiado pronto. El azahar de los naranjos es efímero, frágil. Pronto se perderá el asfalto, surgirán de nuevo los boquetes y el eterno otoño del olvido, la dejadez y la incompetencia se adueñará de todo, convirtiendo este desolador ciclo en algo a lo que esta ciudad se ha acostumbrado con demasiada complacencia.

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