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En los años 60 la calle Plocia de Cádiz se llenó de bares de alterne o barras americanas. Esos locales iniciaron su decadencia a finales de los 80, hasta su desaparición definitiva. En esos años, desde 1968, con diez años, hasta 1979, trabajaba en un restaurante de esa calle, uno de los pocos establecimientos que se habían salvado de esa moda y que parecía una isla entre tantos garitos de bajos fondos. En esa época, bastantes veces, iba a llevar platos de angulas, cocochas, bacalao u otras exquisiteces a clientes de esos bares y conocía por su nombre a muchas de las chicas que trabajaban allí. Conmigo, esas mujeres siempre se comportaron con mucho respeto y educación. Incluso, cuando terminé mi carrera de abogado, una de esas féminas me contrató para defenderla, en el que fue mi primer caso ante los tribunales.

Estas muchachas estaban de alta como camareras, dentro del convenio de hostelería, lo que les garantizaba un mínimo, pero, por lo que yo sé, cobraban generalmente más porque estaban a comisión por las copas que conseguían sacar a los asiduos. Una de las anécdotas que recuerdo es que, cuando se inició la huelga de hostelería de 1977, esos antros de mala reputación no se unieron a la convocatoria y prácticamente la totalidad de las trabajadoras permanecieron en sus puestos de trabajo. Consecuencia de ello, fue la presencia de piquetes para que secundaran el conflicto.

Los sindicalistas, en este caso, en vez de utilizar las expresiones despectivas que acostumbraban a emplear, las animaba a la huelga con expresiones como estas: "Compañeras, uniros a la huelga, por vuestra dignidad y por la del sector". Fue tal la insistencia y el empeño de los que querían imponer la huelga, que una de las camareras les reprochó lo siguiente: "Vosotros que acudís aquí cada dos por tres y siempre me habéis llamado puta, a qué viene ahora con llamarme compañera, si nunca me habéis llamado así ni me habéis tratado con respeto".

Salvando las distancias, en eso consiste un poco en que puedan tener un sindicato específico: conseguir una mayor dignificación y no tener que soportar insultos de los demás. Hay que luchar contra las mafias, la trata de personas y los proxenetas que explotan la sordidez humana, pero negar que exista y que seguirá existiendo la prostitución masculina o femenina, heterosexual u homosexual, dejándola en el limbo de lo alegal, es una crueldad, porque es no afrontar el problema y contribuir a la explotación sexual por grupos organizados que se aprovechan de la inacción.

O se legaliza o se prohíbe, pero no cabe la actitud del avestruz para que todo siga igual. Si se legaliza, habría un control económico y sanitario, se evitarían enfermedades de transmisión sexual y se daría un gran pellizco a la economía sumergida y al dinero negro, que es una de las bases de la criminalidad. Si se penaliza, se atacaría indirectamente a las mafias y, directamente, a los clientes o clientas y a los trabajadores o trabajadoras del sexo; solamente habría que ampliar las cárceles o castigar las conductas con penas de trabajo a la comunidad. No obstante, la alta prostitución me imagino que como siempre seguiría indemne, pues es más difícil de detectar y tiene más mecanismos de poder y de escape.

Muchos no quieren que exista un sindicato para estas personas marginadas porque dicen que no se puede vender el cuerpo, pero estamos acostumbrados y vemos a algunos sindicalistas, trabajadores, funcionarios y políticos que venden constantemente su alma buscando prebendas y cayendo en corruptelas. Sin gafas puritanas, ¿qué es más inmoral la prostitución o la corrupción?

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