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Ya tenemos adolescentes post-11M, que no lo vivieron, que no sienten erizarse el vello en el tren.

Seguro que usted, amado lector, también tiene un lugar fetiche. Ese que, impregnado de un significado especial, ocupa una parte notable de sus pensamientos. Si la vida fuera como una película americana y un día nos diera por desaparecer sin previo aviso —los americanos son muy dados al dramatismo de la fuga impulsiva—, habría alguien en la historia que de pronto diría: “Sé dónde puede estar”; y, tras una previsible elipsis narrativa, el plano siguiente lo ocuparía nuestra efigie taciturna colocada en ese mismo enclave. Todos solemos tener uno. O varios. Uno de los míos se cierne sin más techo que las estrellas. Una pequeña colina, un banco y una lluvia de reflexiones inconexas sobre lo humano y lo divino para acompañar el destello de las luces urbanas en la lontananza. A veces lo vas buscando y otras es él quien te encuentra a ti, siendo —como en el amor— bastante más efectivo y duradero lo segundo. La colina del sur fue hallada casi por casualidad mientras sí que buscaba un refugio; sin embargo, a muchos kilómetros de ella, se alza el otro punto clave de mi particular geografía emocional.

Dice la canción que ella es el lugar donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede ni siquiera concebir… pongamos que hablo de Madrid. Esa tierra bendita y maldita a bocados parejos. Esa jungla de asfalto con el metro por religión y el bocata de calamares por diácono. Esa metrópoli insomne en la que alguna vez hay que vivir, teniendo si es posible otro lugar al que regresar. Para quien firma estas líneas, Madrid es lugar de trabajo sin descanso, de horas de tren hasta las afueras, de oferta cultural inagotable, del millón de historias y de mendigos, de exilio investigador planeado… pero sobre todo es el marco de un suceso que cambió la vida de los ingenuos españolitos. Hoy hace casi trece años de aquel 11 de marzo que nos arrancó de cuajo la infancia social.  

Atocha es desde entonces el lugar que estremece mis sentidos. Cada vez que la vida, el trabajo o el azar me cruzan con ella, la siento distinta. Serena pero luchando por solapar con bullicio el silencio que dejó el miedo. Mucho de aquella mañana infame sigue en ella, pese a la pintura blanca y al aluminio funcional. No creo que nunca me abandone el escalofrío por la espalda cuando se avistan por el flanco derecho los vagones de cercanías encadenados. Su franja roja sobre el blanco se clava en las pupilas mientras afloran en tropel las instantáneas imborrables de ese jueves de marzo.

Parece que en la nueva hornada de libros de texto la adolescencia comienza a los doce. El gobierno ha decidido por lo visto suprimir la preadolescencia de los planes de estudio con mayor diligencia aún que las becas comedor. En cualquier caso, podemos por tanto comprobar que la memoria del 11-M vive ya su pubertad. Se enfrenta doliente y desconcertada a su propio aturdimiento. Ya tenemos adolescentes post-11M, que no lo vivieron, que no sienten erizarse el vello en el tren. Mañana, cuando sea 11, se recordará institucionalmente a las víctimas con actos en Sol, Atocha, El Retiro, el Pozo y Santa Eugenia. El recuerdo íntimo no entiende de efemérides. ¿Cuántos años habrán de pasar para llegar a comprender semejante barbarie? ¿Cuántos serán necesarios para dejar de sentir ese escalofrío en la estación central? Casi trece no han bastado. Ni para lo primero ni para lo segundo.

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