María (Mariquita Paz, para su familia y amigos) era –y seguirá siendo– uno de esos seres privilegiados que demuestran su calidad humana soportando, con apacible y con franca entereza, los achaques de la edad. Viuda, desde hace ya muchos años, de Baldomero García García, con quien creó una numerosa familia de doce hijos, se convirtió posteriormente en la matriarca de una extensa tropa de nietos y biznietos.
Animosa y afable, mostraba una contagiosa simpatía y una notable capacidad de resistencia. Todos los que la tratamos coincidimos en reconocer su facilidad para crear en su entorno un clima de placidez y para generar una atmósfera de cordialidad. Nos llamaba la atención cómo, a pesar de ser consciente de algún deterioro físico, seguía estando ilusionada y manifestaba unas insaciables ganas de vivir.
La constatación de la calidad y de la cantidad de vida que María ha disfrutado, nos ha hecho disfrutar durante su más de un siglo de vida, con su permanente alegría, con su inimitable gracia y con su facilidad para entablar amistad. Mujer transparente y libre, que hablaba y que vivía sin las trabas de los prejuicios, cuando la felicitamos por cumplir los 100 años, nos respondió que, a pesar de que se sentía, a veces, “algo fatigada”, disfrutaba rumiando y relatando las experiencias de su vida intensamente vivida.
Todos los que con ella nos hemos relacionado, hemos comprobado su inalterable disposición para aprovechar las ocasiones de conversar, de disfrutar cada uno de los minutos, de comunicarnos sus sensaciones y de contagiarnos con sus emociones. Tenía una singular habilidad para animarnos y hacernos la vida más agradable. Con su exquisita naturalidad, fundamentada en su sencillez, a pesar de que notaba que “cumplía años”, conservaba intacta su belleza, su atractivo físico y su mirada acogedora, esas armas imbatibles con las que nos retaba a todos para que supiéramos encajar las contrariedades e, incluso, las bromas.
Aceptando serenamente las limitaciones y consciente de que su vida no era un camino de rosas, repetía sin solemnidad que lo importante era sobrellevarla con alegría y con elegancia: “a mí lo único que me preocupa es evitar molestar a los demás”. Y es que su nobleza destacaba, precisamente, por la simplicidad y por la claridad de los mensajes que nos transmitía sin necesidad de pronunciar palabras. Asumía las dificultades como oportunidades para crear situaciones de bienestar momentáneo y de felicidad compartida.
Vivía el momento con morosidad y con intensidad y, quizás por eso, uno de los rasgos que más hemos celebrado de ella sea la facilidad con la que aliviaba las dificultades convirtiéndolas en oportunidades para hacer más agradable la vida de su familia y la de los que la rodeaban.
Pese al inevitable dolor que nos produce su pérdida, sus hijos, nietos, biznietos, familiares y amigos, manifestamos nuestra alegría y nuestra gratitud por el modelo de vida que nos ha mostrado. Descanse en paz.
Obituario de José Antonio Hernández Guerrero.
