Un coche de autoescuela, en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA
Un coche de autoescuela, en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA

El otro día leí en el muro de Facebook de alguien, una cita que me hizo mucha gracia: “Hay más carajotes que personas”. Y no le falta razón. Carajote (o carajota) es un calificativo complejo, sin duda, rico en matices, y uno de mis insultos favoritos, más aún, cuando se insulta en gaditano, con mucha guasa marinera reconcentrada en la h aspirada y el acento: “Ojú quillo es que ere carahote”. Vale, no se debe insultar. Pero es que a veces, en silencio, o por bajini, para no herir, es terapéutico incluso.

Documentándome para escribir sobre estos especímenes tan abundantes, me topé con acepciones diversas en curiosos diccionarios del andaluz, artículos seguramente mejor escritos que este, disertaciones varias sobre la etimología y el origen, así como un listado completísimo de carajotes ilustres. Por definición, un carajote es un tonto, un alelado, o alguien que también es un tonto y un alelado, pero con mala baba, que además presume de ello llegando a la ridiculez extrema. Los carajotes simples y lelos, valga la redundancia, pueden inspirar lástima y ternura, ya que suelen ser víctimas de chupópteros varios.

Los peligrosos son los carajotes chungos, los del lado oscuro a los que no les tiembla el pulso a la hora de llevar su carajotez al límite. La clasificación de los carajotes es en sí mismo una carajotada supina, pero el carajotismo tiene grados y niveles, son distintos a los mamarrachos, aunque con algunos puntos en común, e infinitamente más peligrosos. Podría enumerar infinidad de ejemplos y situaciones.

Al carajote de pata negra, puede que no se le note mucho, hasta que va a por el coche. Estos sujetos son los que suelen tener vehículos de alta gama, y por lo general no se lo pueden permitir. También hay políticos poderosos carajotísimos que tienen coches de éstos, y algún vecino, que aunque no es político, también tiene una ocupación sospechosa. Para reconocerlos: son siempre los que adelantan a toda velocidad, en línea continua, tras haber recorrido buena parte de la autovía pegados al trasero de un monovolumen familiar abollado, intimidando con las largas para dejar clara su presencia. Particularmente, soy de la opinión de que la gente demuestra su verdadero yo al volante.

Un radar de carajotes (ay, y carajotas, no sea que con la carajotá de lenguaje no sexista, me la líe alguna carajota, o carajote), son las redes sociales, claro. En el mundo virtual es fácil descubrir que la del quinto, es carajota del todo, con solo echar un vistazo rápido a su perfil. Y es que se han perdido algunas rudimentarias y deliciosas formas de hacer el carajote, como cuando Fulanita la carajota, escondida en una casapuerta guardaba rápidamente varias prendas adquiridas en El Piojito, en una bolsa de El Corte Inglés, no fuera a encontrarse con alguien que la sorprendiera de vuelta, un lunes cualquiera. Y es que los carajotes son muy poco solidarios y tienden a juzgarse entre sí todo el tiempo. Compiten entre ellos, por carajotadas. Deben sufrir mucho.

Mientas escribo esto, recuerdo algo que me relató una vez mi abuelo, acerca de un insultante señor que llamaba estúpido a todo aquel que le contrariaba. Se convirtió en un vicio. Resultó que el único y verdadero estúpido de esta historia resultó ser él mismo. Me lo aplico. Por eso, no sé si a estas alturas me conviene el matiz más suave de carajota, como persona alelada, residente permanente en Babia, la que está en León, una mijita más lejos de Cádiz que Gibraltar. Seguramente a estas alturas del artículo, estén pensando: esta que raja por escrito es carajota del todo. Y llevan ustedes razón.

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