No se trata de ningún nuevo vuelo que, partiendo de Caracas, haga escala en Jerez y retorne a Nueva York pasando por Londres. Es más bien una alegoría que nos muestra hasta qué grado los epicentros de la crisis americana nos rozan en lo más cercano, aquí mismo, en Jerez. Comencemos, pues, por Sudamérica. El día adoptado para el secuestro del presidente de Venezuela fue el 3 de enero, el mismo en que tuvo lugar el secuestro de Manuel Noriega en Panamá, hace más de treinta años. Por mucho que nos indigne, y con razón, la ilegalidad de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, nada debería ocultar que este episodio es, ante todo, un síntoma de la decadencia de la hegemonía mundial estadounidense y del capitalismo extractivista en su forma actual, tal como se ha configurado tras el largo ciclo neoliberal.
Pero esto no son buenas noticias. Porque en su caída y en su deriva presente, ese poder en declive tiende a arrastrar consigo a amplias capas de la humanidad, generando ocasiones de sufrimiento masivo y escenarios potencialmente catastróficos. Lo que estamos presenciando es, en gran medida, una guerra civil larvada entre las élites capitalistas occidentales.
Por un lado, emerge una fracción cuasi-fascista, autoritaria, abiertamente depredadora, dispuesta a sostener su posición mediante la violencia, la excepcionalidad jurídica y el desprecio abierto por cualquier forma de legalidad internacional. Por otro, subsisten sectores que, aun plenamente insertos en el capitalismo global, intentan recomponer la hegemonía mediante fórmulas más estables, apoyadas en instituciones, consensos mínimos y una gestión menos explosiva del conflicto social y geopolítico. El problema es que esta pugna no se resuelve en abstracto ni se limita a las élites que la protagonizan: se libra sobre territorios concretos, cuerpos concretos y sociedades concretas. Y en ese proceso, la erosión del orden imperial no equivale automáticamente a emancipación, sino que puede abrir paso y de hecho lo está haciendo, a formas aún más brutales de dominación, saqueo y violencia.
La hegemonía estadounidense se ha sustentado históricamente en el control de los espacios donde se decide el poder efectivo: primero el territorio, luego la industria, después las finanzas. Hoy, ese espacio estratégico es el nudo digital, entendido como el conjunto de infraestructuras, estándares, plataformas y protocolos que organizan la circulación de información, dinero y decisión. En este terreno, la posición de Estados Unidos muestra signos claros de desgaste. El problema no es únicamente tecnológico, sino político-institucional. Mientras el poder digital exige infraestructuras públicas robustas, pagos, identidad digital, datos, interoperabilidad, el modelo norteamericano ha delegado estas funciones a oligopolios privados cuya lógica es la renta, no la soberanía. Esto debilita la capacidad del Estado para gobernar el espacio digital como bien común y convierte el núcleo del poder político en un terreno fragmentado y capturado.
La paradoja es que actores no hegemónicos están ocupando ese vacío. Sistemas públicos de pago, marcos regulatorios digitales y estrategias de soberanía tecnológica emergen fuera del centro tradicional, cuestionando la asociación automática entre liderazgo político global y liderazgo digital. En contraste, Estados Unidos conserva poder financiero y militar, pero pierde capacidad de diseño institucional del futuro digital.
En este contexto, el nudo digital se convierte en el escenario decisivo del poder político contemporáneo: quien define sus reglas gobierna los flujos económicos, las capacidades estatales y, en última instancia, la legitimidad. La pérdida de iniciativa norteamericana en este ámbito no es un declive simbólico, sino estructural: indica que la arquitectura del poder global está siendo rediseñada en otros lugares. Dos casos aparentemente inconexos, el sistema de pagos Pix en Brasil y el caso de Julian Assange con WikiLeaks, revelan, en realidad, una misma fractura: la erosión de la hegemonía estadounidense en el espacio digital donde hoy se decide el poder político efectivo.El caso brasileño de Pix muestra una pérdida de liderazgo por déficit de capacidad institucional. Mientras Brasil desplegó una infraestructura pública de pagos instantáneos, universal y gratuita, Estados Unidos quedó atrapado en un modelo dominado por intermediarios privados. Como señaló Paul Krugman, Pix logra en la práctica lo que el discurso tecnológico estadounidense promete pero no entrega. Aquí, la hegemonía se erosiona porque el centro ya no produce las arquitecturas básicas del futuro digital.
El caso Assange/WikiLeaks revela el reverso autoritario de esa pérdida: la hegemonía sostenida por coerción cuando falla el consenso. WikiLeaks no derrotó tecnológicamente a Estados Unidos; expuso su vulnerabilidad informacional. La respuesta fue penal, extraterritorial y ejemplarizante, señal de que el control del flujo digital de información se había convertido en una cuestión de seguridad existencial. Cuando el nudo digital deja de estar gobernado por legitimidad, el poder recurre a la persecución.
Ambos casos apuntan al mismo diagnóstico: el poder político contemporáneo se juega en infraestructuras digitales, pagos, datos, información, y la hegemonía norteamericana muestra allí una doble carencia, creadora y normativa. Ya no lidera el diseño del sistema, ni logra imponer sus reglas sin fricción. El resultado no es un vacío, sino un desplazamiento del centro del poder digital hacia otros actores y modelos.Y aquí lle ga Jerez de la Frontera
El caso de David Morales, exmilitar español y fundador de UC Global S. L., constituye uno de los episodios más graves de privatización del espionaje en Europa reciente. Morales dirigía una empresa de seguridad que, bajo contrato con la Embajada de Ecuador en Londres, tenía la misión de proteger al asilado Julian Assange. Sin embargo, según la investigación instruida en la Audiencia Nacional, UC Global habría llevado a cabo grabaciones clandestinas sistemáticas dentro de la embajada, incluidas conversaciones entre Assange y sus abogados.
La causa judicial sostiene que ese material sensible fue recopilado y transferido ilícitamente a intereses estadounidenses, con indicios de colaboración con servicios de inteligencia de EE. UU., en particular la Central Intelligence Agency. Aunque no existe una sentencia que acredite una relación orgánica de agencia, sí hay testimonios, correos internos y documentación que apuntan a una cooperación encubierta al margen del contrato original y del marco legal español e internacional.
Este caso revela un fenómeno estructural: el desplazamiento de funciones clásicas del Estado, espionaje, vigilancia, inteligencia, hacia actores privados, que operan en zonas grises de legalidad y rendición de cuentas. La gravedad no reside solo en la figura individual de Morales, sino en el precedente que establece para la erosión del derecho de defensa, la soberanía diplomática y las garantías fundamentales en contextos de seguridad globalizada. Esta turne, por el turismo de la infamia, nos demuestra hasta qué nivel el monstruo estaba siendo incubado por el capital en el seno de una de las primeras y más brillantes democracias del mundo, y de cómo el huevo de la serpiente ya estaba instalado allí desde el giro neoliberal de Ronald Reagan. ¿Hasta qué punto hoy podrían las fuerzas democráticas y populares emerger en esta guerra civil entre élites para que vuelva el frente antifascista del siglo XX? ¿Dónde está hoy nuestro Roosevelt o nuestro Churchill?


