Ucrania: cuatro años son una eternidad

Cuando el agresor no es Estados Unidos, las posiciones se vuelven más difusas. Algunos sectores siguen viendo a Rusia como un contrapeso a EE.UU., olvidando que el mundo ha cambiado y ya no estamos en la Guerra Fría

Volodymyr Zelensky, presidente de Ucrania.
16 de febrero de 2026 a las 16:12h

El 24 de febrero se cumplen cuatro años de la invasión rusa de Ucrania. Cuatro años de muerte, destrucción y desplazamientos forzados. Casi mil quinientos días que, para quienes los vivieron, han sido una auténtica eternidad. La guerra ha dejado cicatrices humanas profundas y ha desencadenado transformaciones geopolíticas que hoy tensan al límite un orden internacional ya fracturado.

Las cifras oficiales son poco fiables —ambos bandos minimizan sus pérdidas—, pero las estimaciones internacionales sitúan el número de bajas combinadas por encima del millón. Según cifras de la ONU, solo en 2025 murieron más de 2.500 civiles y más de 12.000 resultaron heridos. Detrás de cada número hay un rostro, una familia, una vida rota.

El sufrimiento cotidiano es inmenso. Una generación de niños ha crecido bajo sirenas antiaéreas y en refugios subterráneos, con tasas masivas de estrés postraumático. Millones de familias están separadas: hombres que no pueden salir del país, mujeres y menores refugiados en Europa, hogares fracturados durante años. Los ataques sistemáticos contra la red eléctrica han convertido los inviernos en una lucha por el calor y el agua. En las zonas ocupadas o cercanas al frente, conseguir medicinas básicas es casi imposible. Y más de diez millones de personas han sido desplazadas dentro o fuera del país.

Y, sin embargo, Ucrania resiste. Contra todo pronóstico, el Estado ha mantenido un cierto funcionamiento en escuelas, hospitales y servicios públicos incluso bajo bombardeos. La sociedad civil ha sido decisiva: redes de voluntariado que abastecen a las tropas, colectivos que reconstruyen viviendas, sindicatos que siguen organizando a los trabajadores, comunidades que sostienen la vida cotidiana en condiciones extremas. La resiliencia no es solo militar; es social, cultural y política.

En esa resiliencia destaca un actor casi invisible en Europa: la izquierda ucraniana. Colectivos como Sotsialnyi Rukh, organizaciones feministas como Feminist Workshop o Bilkis y sindicatos independientes defienden la soberanía del país mientras critican las desigualdades internas y las políticas neoliberales. Su existencia desmonta la caricatura de una Ucrania homogénea o dominada por la extrema derecha, recordando que la autodeterminación no es incompatible con una agenda social avanzada.

Pero el sufrimiento no se detiene en la frontera; al otro lado, el pueblo ruso también paga el precio de la ambición autocrática. La censura y la represión han generado un “luto oculto”: miles de familias no saben si sus hijos o maridos están vivos o muertos. El sistema educativo se ha militarizado, la propaganda ha creado una retórica de “fortaleza sitiada” y el acceso a medicinas avanzadas se ha deteriorado gravemente. La represión ha sumido a gran parte de la población en una “apatía de supervivencia”, donde el silencio es la única forma de evitar la cárcel. Y la guerra se ha convertido en una “picadora de carne” para ambos bandos: amputaciones masivas, traumas psicológicos, vidas truncadas.

La invasión de 2022 fue uno de los primeros pasos en la ruptura del orden internacional. Un golpe directo al corazón del derecho internacional. Rusia violó el principio fundamental de la prohibición del uso de la fuerza para alterar fronteras soberanas, inaugurando una etapa marcada por la ley del más fuerte.

Pero la ruptura no se detuvo ahí. El genocidio continuado e impune del pueblo palestino y la política exterior estadounidense, marcada por la amenaza y la agresión despreciando el derecho internacional, han acelerado la erosión del multilateralismo. Trump amenaza a Cuba e Irán, interviene en Venezuela, secuestra a su presidente e incluso pretende anexionarse Groenlandia: todo apunta a un mundo donde la fuerza militar y económica sustituye a un sistema de reglas compartidas.

Un nuevo orden, por cierto, donde Europa parece incapaz de jugar papel alguno. Atrapada en su propia parálisis estructural y en una supeditación económica, militar y política —en ocasiones verdaderamente vergonzosa— a los dictados de Washington, la Unión se ha desdibujado. Esta falta de autonomía estratégica ha quedado descarnadamente expuesta ante el genocidio palestino, la guerra de aranceles o el papel de una OTAN que marca el paso de un continente sin voz propia.

La guerra en Ucrania también está siendo un laboratorio tecnológico sin precedentes. Drones autónomos, inteligencia artificial aplicada al combate, sistemas de detección instantánea: la letalidad es extrema, pero paradójicamente la guerra se ha vuelto estática. Ningún bando puede lanzar grandes ofensivas mecanizadas sin ser detectado y atacado en minutos. El futuro distópico de la guerra se está ensayando allí.

En el plano económico, el conflicto ha consolidado un nuevo orden fragmentado. Rusia resiste gracias a la militarización del PIB y a su dependencia creciente de China e India. Ucrania sobrevive gracias a la ayuda externa. Europa ha roto con el gas ruso, pero a costa de precios más altos y un aumento del gasto militar que reducirá el margen para políticas sociales. Y la guerra ha acelerado una carrera global por minerales críticos —litio, níquel, cobalto— que intensifica tensiones en América Latina, África y Asia.

¿Es posible la paz? ¿Y a qué precio? Durante 2025 se han presentado planes de negociación, pero las cuestiones esenciales siguen sin resolverse: control de la planta nuclear de Zaporizhzhia, concesiones territoriales que afectarían a una cuarta parte del país, posibilidad de un cuerpo de interposición europeo. Rusia no busca un alto el fuego inmediato, sino un estancamiento que le permita avanzar lentamente. Y la Unión Europea continúa sin una estrategia propia, sin contar con las imposiciones de EE.UU.

Este bloqueo internacional también se refleja en los debates internos de la izquierda. Cuando el agresor no es Estados Unidos, las posiciones se vuelven más difusas. Algunos sectores siguen viendo a Rusia como un contrapeso a EE.UU., olvidando que el mundo ha cambiado y ya no estamos en la Guerra Fría. Y por eso algunos sectores de la izquierda llegan incluso a apoyar a Putin ignorando sus actuaciones imperialistas, la terrible represión interna y los evidentes acercamientos entre Moscú y Washington. Otros, por su parte, reclaman una paz inmediata a cualquier precio, que exigiría a Ucrania renunciar a su soberanía, pero rara vez formulan exigencias equivalentes a Moscú.

Pocas veces se analiza qué implicaría realmente esa paz impuesta. ¿Una Ucrania más segura? ¿Una Europa más estable? ¿O un precedente que abriría la puerta a nuevas agresiones?

Y otra pregunta que a veces incomoda, ¿tiene el pueblo ucraniano derecho a defenderse? Resulta muy cómodo negarlo cuando no se vive bajo las bombas. Rechazamos la guerra, pero también reconocemos el derecho a resistir una agresión o una tiranía. Y si ese derecho existe, debemos preguntarnos cómo apoyar a quienes están siendo atacados.

La izquierda ucraniana lo dice con claridad: frente al autoritarismo y la violencia, no bastan las flores ni los brazos abiertos. La cuestión es si estamos dispuestos a escucharles. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de Ucrania, sino el tipo de mundo que quisiéramos construir.

Una versión completa de este artículo se puede consultar en el siguiente enlace.