Los acontecimientos recientes en Irán se han desarrollado en un clima de opacidad informativa, alimentado tanto por narrativas interesadas como —sobre todo— por el corte de internet impuesto el 9 de enero. Aun así, los indicios disponibles permiten afirmar que el país ha vivido un mes de movilizaciones significativas, extendidas por todo el territorio y con especial intensidad en Teherán. La magnitud de las protestas y la dureza de la represión revelan un malestar profundo, acumulado durante décadas.
1. Un ciclo de protesta que no es nuevo
Las movilizaciones actuales no son un episodio aislado, sino parte de un ciclo de contestación social que atraviesa la historia reciente de Irán. Desde las protestas estudiantiles de 1999 hasta el Movimiento Verde de 2009, pasando por las revueltas de 2017-2019 y, más recientemente, las movilizaciones masivas de mujeres en 2023 bajo el lema “Mujer, Vida y Libertad”, el país ha vivido oleadas periódicas de descontento.
Las protestas de este mes responden a una combinación de factores estructurales: crisis económica, desigualdad creciente, inflación descontrolada, precariedad laboral y un deterioro ambiental severo. La sequía, la escasez de agua y los cortes de electricidad han actuado como detonantes inmediatos, pero el trasfondo es más profundo: una sociedad exhausta ante un régimen incapaz de ofrecer bienestar, participación política o garantías básicas de derechos.
2. La revolución de 1979: genealogía de una ruptura
Para comprender la intensidad del malestar actual es imprescindible volver a 1979. La revolución que derrocó al Sha fue, en su origen, una coalición heterogénea: izquierdas laicas, movimientos estudiantiles, sectores religiosos chiíes, sindicatos y amplias capas populares. Durante un breve periodo, coexistieron proyectos políticos divergentes que aspiraban a redefinir el futuro del país.
Sin embargo, la llegada al poder de Jomeini y la consolidación del velayat-e faqih (el gobierno del jurista islámico) transformaron aquella revolución plural en una teocracia centralizada. Las fuerzas no islamistas —marxistas, feministas, liberales, nacionalistas— fueron perseguidas, encarceladas o ejecutadas. La sharía se convirtió en el marco jurídico dominante y la Guardia Revolucionaria en el pilar militar e ideológico del nuevo Estado.
Desde entonces, la represión ha sido la respuesta sistemática a cualquier demanda social, política o cultural que cuestione la autoridad del régimen.
3. La represión actual: cifras, discursos y estrategias
La magnitud de la violencia estatal en las últimas semanas confirma esa continuidad histórica. Un portavoz del gobierno reconoció a Reuters alrededor de 5.000 personas muertas, entre ellas 500 miembros de las fuerzas de seguridad, atribuyendo las protestas a “terroristas” e “infiltrados” de EE.UU. e Israel.
Organizaciones independientes como Hrana han documentado al menos 3.090 muertes, de las cuales 2.885 corresponden a manifestantes, además de más de 22.000 detenciones. Amnistía Internacional maneja cifras similares y ha denunciado patrones sistemáticos de violaciones de derechos humanos: uso indiscriminado de armas de fuego, torturas, desapariciones forzadas y juicios sin garantías. El propio Ali Jamenei ha admitido públicamente que hay “miles de muertos”.
El discurso oficial —que atribuye las protestas a conspiraciones externas— forma parte de una estrategia histórica del régimen: despolitizar las demandas sociales, negar la agencia del pueblo iraní y justificar la represión como defensa de la “seguridad nacional”.
4. Injerencias externas: realidad, límites y riesgos
Investigadoras y periodistas de gran rigor han documentado la presencia de actores extranjeros —especialmente EE.UU. e Israel— que han intentado instrumentalizar el descontento social, alentando protestas o participando en acciones violentas contra la Guardia Revolucionaria. Estas injerencias existen y deben ser denunciadas con toda claridad.
A estas injerencias se suma la intervención mediática y diplomática de Reza Pahlaví, hijo del último Sha, que desde el exilio intenta presentarse como alternativa política. Sin embargo, su figura carece de apoyo real dentro de Irán: la memoria de la monarquía está asociada a décadas de autoritarismo, desigualdad y represión, y la mayoría de la población —incluidas las generaciones más jóvenes— no contempla un retorno al pasado monárquico como una opción legítima. Su protagonismo en medios occidentales responde más a oscuras agendas externas que a una demanda interna del pueblo iraní.
Pero reducir las movilizaciones a una operación extranjera es una forma de borrar la historia de resistencia del pueblo iraní. La raíz del conflicto es interna: desigualdad, autoritarismo, crisis ecológica, ausencia de libertades y un régimen que ha perdido legitimidad social. Las injerencias no explican la profundidad del malestar, ni la persistencia de las protestas, ni la centralidad de las mujeres en la lucha.
5. Nuestro posicionamiento
Desde Apdha nos sumamos a la exigencia del cese inmediato de la represión, del uso indiscriminado de armas de fuego y de la violencia estatal. Debe acabar también el uso masivo de la pena de muerte. Reclamamos la restauración inmediata de internet, un derecho fundamental vulnerado de forma sistemática. Exigimos la liberación de los miles de personas detenidas por ejercer su derecho a la protesta.
Apoyamos las demandas del pueblo iraní para alumbrar un régimen basado en la democracia y los derechos humanos. De manera especial, respaldamos la lucha de las mujeres iraníes, que desde hace décadas sostienen la resistencia más valiente y transformadora del país.
Este apoyo no es incompatible con un contundente rechazo a toda injerencia extranjera. Del mismo modo que pedimos a la comunidad internacional que actúe de forma coordinada y pacífica para proteger a la población, exigimos a EE.UU. e Israel que dejen de intervenir para instrumentalizar la situación. El futuro de Irán debe ser decidido por su propio pueblo, sin tutelas ni manipulaciones externas.
