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Ahora tocaría convencer a todos los catalanes, muchos asalariados e hijos de la emigración andaluza, de que forman parte de una gran nación que se llama España.

Cuando oigo hoy la canción Aquí me quedo escrita por Pablo Neruda y cantada por Víctor Jara, asesinado vilmente en un estadio de fútbol durante la dictadura chilena, me evoca el actual proceso catalán por la independencia. El poeta intuía un desgarro social en el país andino entre dos posturas ideológicamente antagónicas y, por eso, proclamaba que no quería una patria dividida “ni por siete cuchillos desangrada“. Con inteligencia, ridiculizaba a aquellos que se proclamaban prisioneros en su propia geografía y les decía: “Que se vayan lejos con su melodía”. Para el escritor todos los ricos fueron extranjeros. Él no creía en las élites económicas de su tierra, pues éstas siempre estaban protestando y conspirando para engrosar su bolsa y lanzaban un discurso catastrofista en el que confundían la patria con su patrimonio. Hasta con sorna sugería a estos privilegiados protestones que se fuesen a Miami, porque había que defender a los obreros, con los que se podía hablar un mismo lenguaje.

Algo de eso me sugiere Cataluña, una autonomía rica donde la flor y nata de su sociedad burguesa, que ha vivido acomodada, impulsó un movimiento secesionista con la misión clara de mantener sus privilegios. Un movimiento, inicialmente capitalista, que ha trascendido con el tiempo y ha conseguido aunar en torno a su causa a personas de todos los estamentos sociales y a un amplio espectro político, incluso a proletarios y sujetos provenientes del  internacionalismo, cuando esta última ideología parecía que predicaba todo lo contrario a la división territorial. 

El señuelo ha sido prometer un Dorado si alcanzan la independencia. Además, su propaganda ha asegurado durante mucho tiempo que su gestión iba a ser honesta e inmaculada, como presumían que había sido hasta ese momento, a diferencia de la del Estado, el gran causante, según ellos, de casi todos sus males, que era corrupta. Sin embargo, este último mito se ha desvanecido como un azucarillo en el agua hace poco, tras los procesos judiciales que han destapado extensas tramas relacionadas con el 3 por ciento en la adjudicación de los contratos públicos en Cataluña. Procedimientos que, incluso, han demostrado que algunas de sus personalidades icónicas, antaño defensores a ultranza  del nacionalismo, padres de su hipotética patria, mandaban su dinero a paraísos fiscales para mantenerlo a buen recaudo. Por lo que, desgraciadamente, han exhibido las mismas miserias humanas que se han producido en buena parte del resto de España y demuestran que son iguales  que los demás.  

Esa autonomía debe ser generosa con todos los ciudadanos de España y reconocer que su auge económico se produjo gracias a las encallecidas manos de  los obreros de otras partes del país, que tuvieron que abandonar su tierra para subsistir. Incluso durante la dictadura fue una región que supo beneficiarse de los incentivos económicos del régimen. Ejemplo de ello fue la elección por Franco de la instalación de Seat en la Zona Franca de Barcelona, a través del I.N.I.

Una industria automovilística que ya poseyó Cádiz entre los años 1.919 y 1.923, con la fábrica de Ford que daba trabajo directo a más de 300 trabajadores en Segunda Aguada, y que fue deslocalizada a Barcelona, durante la dictadura de Primo de Rivera, como consecuencia de los privilegios fiscales que se otorgaron a esa ciudad. En el fondo ese desmantelamiento también se originó porque los grandes capitales andaluces, mayoritariamente de terratenientes, preferían invertir el dinero fuera y recelaban perder la mano de obra barata de los jornaleros del campo. No les importaba que los peones andaluces cogiesen el tren y se marcharan a Cataluña, porque de esa manera siempre serían muchos menos y, además, diversificaban sus capitales, productos de la explotación de la tierra, a otras zonas de España.  

Ahora se deberían superar viejas rencillas. Ahora tocaría convencer a todos los catalanes, muchos asalariados e hijos de la emigración andaluza, de que forman parte de una gran nación que se llama España y que  “cabemos todos en la tierra mía”.  Y más que el derecho a decidir, que es discutible, lo que tenemos todos es el derecho de vivir en paz y ese, precisamente, es nuestro punto de unión más fuerte.

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