¿Se darán cuenta, por fin, aunque ya sea tarde?
Es que los grandes están haciendo unas ofertas… que cuesta mucho resistirse. Esta era la excusa de los enamorados seguidores de toda novedad. Ya ocurrió con el Euro, festejado porque era algo nuevo. Y es que «todo lo nuevo es bueno». Pero la moda del año pasado, ya no es elegante. Lo sería el año pasado, pero ya no es elegante. Así que hasta la elegancia no depende del estilo, de la categoría, del diseño, ni siquiera de quien lo luce. Solamente que sea de hoy o de ayer, porque si no, estás obsoleto, como la moda de la temporada pasada. Aunque vuelva a ser elegante dentro de unos años. Este es el desgraciado criterio de los absolutamente seguidores de lo nuevo, hasta el punto de confundir las ocurrencias de los gestores de ciertas entidades con el tamaño de la respectiva entidad. Como si una pequeña caja de ahorros o un pequeño banco presente sólo en una o dos localidades, no pudiera regalar media vajilla de barro cuyo valor era inferior a las mil pesetas, a quien hiciera un ingreso de veinte mil. Y es que tan «afilados linces» de la «lincería bancaria», no llegaban a ver que a cambio de un regalo de poca monta, se quedaban sin remuneración, sin interés en su ingreso a plazo fijo.
Al final, la intención quedó clara. Ha quedado clara, cada día más. Los bancos se venden, pero no cumplen. Y al final eso se nota. Se notará, seguramente también tarde, porque mientras tanto se van haciendo más fuertes, más poderosos que el gobierno, al que siempre han impuesto su criterio. Desde que a final del siglo XIX consiguieron que el gobierno prohibiera la aparición de nuevas entidades, aunque solamente había cuatro, hasta el momento actual, en que obtienen el beneplácito de la UE para seguir en el camino de constituirse en oligopolio. La concentración ha servido para elevar brutalmente el beneficio de los bancos y disminuir la capacidad de las familias. Para eliminar la competencia y así ahorrarles el trabajo de ser más competitivos. Los lobos no se muerden, pero si los alimentamos con carne humana terminarán por comernos a todos. Y así, sin competencia, sólo tienen que cobrar hasta por traspasar la puerta de la oficina.
Así que primero el Gobierno, este que lo mantiene y los anteriores que lo impusieron, hicieron obligatorio mantener el dinero en una entidad bancaria, bajo multa si nos descubren alguno en una cajón de la mesa, porque si no, todos somos sospechosos de fraude fiscal. Entonces el banco aprovecha, lo mercantiliza para sacar beneficio, pero en vez de remunerarnos, nos quita el 0’5% de aliciente para que nuestro dinero guardado en el banco se devalúe un poco menos. Y luego nos cobra por mantener una cuenta, porque a eso lo llaman ellos, con el mayor descaro «prestar un servicio». Y si encima domiciliamos recibos en la cuenta —otra cosa a la que estamos obligados—, entonces más vale apagar la luz, cortar el agua e irnos a vivir a alguna comunidad alternativa, a vivir atrasados, que la modernidad, esta modernidad no es lo nuestro. Excepción hecha, claro, de las grandes fortunas, para las que está diseñado el negocio bancario. Para que unos cuantos ganen, muchos tenemos que perder. Como siempre.
Ahora el BBVA, convencidos ya de nuestro atontamiento generalizado, nos quiere vender la idea de que, tras absorber otro banco más rentable y mejor gestionado, van a disponer de más dinero «para ayudar a las familias». Lo que faltaba. Y habrá quien se lo crea. Pues la absorción, que no fusión, puede dar un remanente de cinco mil millones, no es cosa de discutirlo. Pero la no absorción también. Quizá más, porque esos millones son la suma de los dos bancos, y va a seguir siendo la misma cifra aunque se mantengan independientes. Tal vez más, porque el Sabadell está mejor gestionado, con lo cual la absorción sería ruinosa para el absorbido y muy perjudicial para todos. Porque mientras menos bancos queden, mayor será el nivel de su abuso y menor la fuerza del Estado para oponerse.
