Los coches no atraen a las moscas

En el Estado español, mecidos en su tradicional atraso del que tan orgulloso se siente la mayoría tradicionalista, se prohíbe entrar en lugares públicos acompañados de un can

Zona naranja del ORA en Jerez.
15 de enero de 2026 a las 09:14h

El Ayuntamiento sigue haciendo un gran esfuerzo para sancionar desde que descubrió el “filón” para engrosar el “tesoro” municipal y además con eso crea empleo. Pobre, poco y precario, pero menos da una piedra. El filón ha merecido hacer necesaria la multa para cuadrar el presupuesto, porque se cuenta ya con un número determinado de multas. O sea, veamos: como quien vende la piel del oso sin ni siquiera saber si hay osos en el bosque, el presupuesto ya incluye, desde el momento de elaborarlo, el número de multas que se van a imponer; lo cual obliga a imponer ese número, como mínimo. Si no, el presupuesto no cuadra. Y el presupuesto tiene que cuadrar. Es ley. No ley de vida, ley de esa que está en la Gaceta de Madrid, ciudad de la que España es su patio trasero.

Los ayuntamientos, progres y regres —en eso no hay clases— afirman la “necesidad” de ir contra los coches; se ignora por qué esa inquina con esos diseños, mejorándose cada año, no como ellos, que solo mejoran sus emolumentos. Quieren acabar con los coches, pero siguen ignorando al metro. No han calculado el maremágnum de autobuses que se moverían por la ciudad si no hubiera coches. Peor aún así, si desaparecieran los coches, ¿habrán contado, imaginado al menos, el número de parados subsiguientes? El peor defecto de la humanidad es, ante su falta de recursos, de trabajo, de iniciativa, emprenderla con cualquier cosa, persona o ciudad.

Ante la falta de estacionamiento se pretexta el carril bici para quitarle algunos más, salvo si se llevara todo el día circulando, porque no es la contaminación lo que preocupa, pasa igual que con el oso, el dinero ya está asignado, así que es obligado multar. Y como eso de perseguir coches se queda para las series de televisión americanas, aquí se busca parar a los que circulan despacito o ir directamente a los que ya están parados, y si no tienen cerca una señal de prohibición, se pone. Ya se dio el caso de pintar la raya azul alrededor de un vehículo estacionado y sancionarlo a continuación. El Ayuntamiento compromete a sus “guardadores del orden cocheril” a imponer un número mínimo de multas. Para eso idearon la O.R.A., buena hora en que se les ocurrió, sin encomendarse a Dios ni al diablo, aunque con posterioridad obtuvieron el beneplácito del Congreso, con el cual el presunto delito de haber actuado por encima de la Ley, quedó impune. Y eso que las leyes no se pueden dictar con efecto retroactivo. Pero todo depende de a quién o contra quién estén dirigidas.

Sin embargo, al Ayuntamiento no le conmueve el mal olor, ni el riesgo de llevárselo en las suelas de los zapatos, ni el mosquerío, ni la insalubridad de las deposiciones que tantos guarros paseantes de perros dejan “de regalo” a sus vecinos. Sucios e incívicos paseantes, sí deberían ser perseguidos por agentes, más fácil perseguir porque van a pie, hasta quitarles la sucia costumbre, que también beneficiaría al presupuesto. Pero, no. Los incívicos están libres, hasta de sospecha, a juzgar por el estado de algunas calles. A los propietarios de perros se les aprieta por otros medios, para eso está la “Ley ¿de bienestar? Animal” (por cierto: si es de bienestar animal ¿por qué a los cazadores se permite torturar y asesinar a los galgos?), contradicción dónde las haya, porque al mismo tiempo se hace la vista gorda a ese incivismo amoral, y se fomenta odio a los perros, será para no establecer comparaciones sobre su mucho mejor comportamiento social que los humanos; porque un perro jamás traicionará a nadie y si lo obligan a atacar atacará de frente. Pero solo si lo obligan.

Comportamiento fiel y amistoso, conformes y contentos con una sola caricia, con un juego que, por razones de difícil comprensión, provoca rechazo en mucha gente que debería aprender de ellos. En el Estado español, mecidos en su tradicional atraso del que tan orgulloso se siente la mayoría tradicionalista, se prohíbe entrar en lugares públicos acompañados de un can, lo cual incita a los vándalos incluso a amenazar de muerte, por entrar en una farmacia acompañado de su perro aunque haya sido autorizado previamente. Pero eso “tampoco” es motivo de persecución.

Ni la amenaza ni dejar la deposición en el suelo entra en el presupuesto. Pero aunque no esté en el presupuesto, merecería la pena la vigilancia y el castigo a quienes ensucian, y amargar menos a quien tiene un perro, por el simple hecho de tenerlo.