Hay polémicas que no nacen de una idea, sino de una fotografía. Una imagen congelada, sacada de contexto, elevada a categoría moral. Esta semana le ha tocado a una biblioteca. O, más exactamente, a una manera de ordenar los libros.
“Siempre que veo bibliotecas así, pienso que son heredadas o puro fetichismo”, decía un tuit que se viralizó con rapidez. La biblioteca en cuestión —ordenada, limpia, visualmente impecable— pertenecía a Arturo Pérez-Reverte. Y con ese gesto mínimo, casi inocente, se abrió un viejo debate: quién lee de verdad, quién no; qué biblioteca es legítima y cuál es decorado; dónde empieza la lectura viva y dónde el simulacro.
No es una discusión nueva. Cambia el escenario —antes eran los salones decimonónicos, luego las estanterías televisivas, ahora las fotos en redes—, pero el juicio es el mismo. El libro como prueba moral. El lector como sospechoso.
Siempre me ha intrigado esa necesidad de certificar la autenticidad ajena. Como si la lectura necesitara notario. Como si existiera un medidor universal del bibliófilo verdadero. Como si los libros tuvieran que estar desordenados, subrayados, doblados, manoseados, para acreditar que han sido amados. Y, aun así, siempre habría alguien dispuesto a decir: no lo suficiente.
Historia de las bibliotecas privadas
La historia de las bibliotecas privadas demuestra justo lo contrario. Durante siglos, las grandes bibliotecas domésticas fueron, en su mayoría, heredadas. Se transmitían como las casas, los apellidos o las tierras. Eran símbolo de linaje, de continuidad, de pertenencia. Nadie dudaba de la condición lectora de un humanista del siglo XVI porque su biblioteca pareciera demasiado perfecta. Nadie exigía ver lomos gastados para validar a un erudito ilustrado. Esa sospecha es moderna. Y profundamente contemporánea.
He tenido biblioteca grande. Más de 3.000 libros, casi todos heredados. Libros que no compré, pero que me acompañaron durante años. En 2018 los doné. Me quedé con 50. 50 libros escogidos con una lentitud casi ritual para empezar otra cosa: una biblioteca propia, consciente, ligera. Hoy tengo menos libros que hace quince años y, sin embargo, leo más. Leo mejor. Leo de otro modo.
Eso no me hace mejor lectora que nadie. Pero tampoco peor.
La biblioteca no es una autobiografía fiable. Es, como mucho, una instantánea parcial. Una foto fija de un proceso en movimiento. Hay bibliotecas que son archivo, otras que son tránsito, otras que son herencia, otras que son promesa. Y muchas que son mezcla de todo eso. Juzgar a quien lee por
cómo ordena —o desordena— sus libros es como juzgar a quien escribe por la caligrafía de sus borradores.
Hay quien vive rodeado de libros porque los necesita cerca, como una respiración de fondo. Hay quien los guarda lejos porque no soporta el ruido visual. Hay quien colecciona ediciones, quien conserva por memoria, quien dona por necesidad, quien acumula por miedo a perder. Y hay quien, sencillamente, no tiene tiempo de leer tanto como quisiera, pero no renuncia a convivir con los libros.
¿Qué sabemos del tiempo ajeno?
También hay quien lee sin parar y apenas conserva nada. Y nadie le exige pruebas.
Lo que me resulta llamativo —y un poco triste— es la falta de empatía que se cuela en estos debates. Esa facilidad para ponerse en un pedestal, para dictar sentencia desde una foto, para afirmar con ligereza: “prefiero tener mil libros leídos que diez mil de adorno”. ¿Y qué sabes tú?
¿Qué sabes del tiempo ajeno, de las rutinas ajenas, de las renuncias ajenas?
Hay personas que no ven televisión. Otras que no tocan el móvil salvo para lo imprescindible. Algunas leen mientras se secan el pelo, mientras esperan su turno en una sala de espera, mientras les ponen el tinte en la peluquería, mientras la vida ocurre en los márgenes. Para algunas, la lectura no es un hobby: es un modo de estar en el mundo. Y ese modo no siempre deja huellas visibles, ni fotos espectaculares.
Además, hay algo profundamente clasista en esta vigilancia del libro ajeno. Porque rara vez se cuestiona al que no tiene libros, pero sí al que tiene “demasiados”. Como si poseerlos obligara a una demostración constante de legitimidad. Como si heredar libros fuera una falta. Como si conservarlos fuera ostentación. Como si el problema no fuera leer poco, sino parecer que se tiene más de lo permitido.
Me hace gracia —por no decir otra cosa— que se considere sospechoso tener estanterías limpias, pero no muñecos, láminas, plaquitas o decoraciones bibliófilas. Eso sí parece compatible con una biblioteca leída. Quizá porque el fetichismo aceptado siempre es el propio. Yo, personalmente, solo pienso en el polvo que me ahorro de limpiar.
Detrás de muchas de estas críticas late algo antiguo y poco elegante: la envidia disfrazada de purismo. La necesidad de marcar territorio. De decir: yo sí, tú no. Yo leo de verdad. Yo pertenezco. Tú solo aparentas.
Pero la lectura no es una cofradía. No exige uniforme ni contraseña. No necesita ser exhibida ni defendida. Y, desde luego, no debería convertirse en un arma arrojadiza.
Vivimos tiempos de sospecha constante. De fiscalización ajena. De escrutinio permanente. Y quizá por eso convendría recordar algo sencillo: los libros no están para certificar virtudes, sino para acompañar vidas. Algunas desordenadas. Otras limpias. Otras imposibles de fotografiar.
Una biblioteca viva no es la que parece usada, sino la que sigue teniendo sentido para quien la habita. Y ese sentido no se mide en metros lineales ni en polvo acumulado, sino en algo mucho más difícil de exhibir: el vínculo silencioso entre un lector y sus libros.
Todo lo demás —el ruido, la polémica, la foto— es solo eso: ruido. Y pasa. Los libros, cuando son de verdad, no necesitan defenderse.
