Manos.
Manos.

Hace ya décadas comenzaron a ponerse de moda en la televisión aquellos telefilmes que en la sobremesa del fin de semana nos acercaban hechos casi siempre truculentos precedidos de un based on real events, basado en hechos reales, que como niña me causaban fascinación. ¿Cómo podía ser Fulanito o Menganita tan lo que fuera?

Con el tiempo aprendí, a golpes de realidad, que ésta supera enormemente la ficción a la que inspira, a menudo con propuestas cinematográficas ciertamente mejorables.

En esta jornada de 25 de noviembre, Día Internacional por la Eliminación de la Violencia hacia las Mujeres, no les voy a hablar de cifras. De esas, hoy van a tener un buen puñado. Y sobrecogen. Voy a acercarles a algunas mujeres que no aparecen en ellas.

No forman parte de ninguna estadística porque casi ninguna ha ido a denunciar. Matizo. Me cuentan que había un guardia civil de Jerez, tiempo ha, que ante el aviso de paliza inminente de un asiduo en una casa de vecinos pedía, por lo cansino de tanta llamada, que “hasta que no hubiera sangre no le molestasen”.

Estas “descatalogadas” que están por todas partes, en medios urbanos y rurales, tienen cualquier edad, situación social, estudios… comparten una realidad, en sus casos, silenciosa, que a menudo me ha hecho volver rota a mi casa.

Algunas, mayores, llevan toda la vida sufriendo violencia, aunque ni siquiera son capaces de identificarla como tal, “porque a mí, mi marido, nunca me ha puesto la mano encima”, aunque le haya hurtado la voz, violado reiteradamente “haciendo uso del matrimonio” y reprochado el uso de cada peseta.

Otras, pertenecen a una clase social en la que eso no se existe, porque ni un señor puede hacer según qué cosas, ni una gran señora padecerlas.

En decenas de casos, son gloriosas supervivientes que ahora cuidan a su maltratador, maltrecho por los años y el mal vivir porque “qué le voy a hacer, hija”, reconocido ya en este momento de revelación que “hombre, bueno no ha sido”; pero “antes te tenías que callar”. Y te dan detalles, porque se sienten ya a salvo.

¿Y las que tienen discapacidad física o psíquica? Ahí tampoco cambian las tornas. Si acaso, se ensombrecen aún más.

Duelen especialmente las más jóvenes. Quien diga que la violencia de género no se produce en la adolescencia, no sabe lo que dice. Yo la he visto, sin filtros. En el aula, donde más tiempo pasan… con 14 años, señalada físicamente por los golpes de su maltratador de 15, compañero de instituto; con 18, lo cuenta y se arrepiente, porque se siente vigilada… y la incredulidad de “cómo me puede pasar esto a mí”.

Las “escalera de la violencia” [1], tiene peldaños muy claros: control, aislamiento, falso consentimiento sexual, chantaje. Para algunas, éste es su presente; y ni ellos ni ellas identifican estas conductas de control multinivel o presión sexual como violencia.

Y, sin embargo, me siento obligada a pensar que hay esperanza; porque junto a esta realidad tremenda, hay una legión de personas —hombres y mujeres—que trabajan de múltiples maneras, algunas invisibles, pero también con visibilización y compromiso público, contra esta vergüenza.

Sirvan mis líneas —edulcoradas— para que conozcan algunos de los hechos reales que escucho y guardo. Ojalá los telefilmes del futuro que aborden esta violencia, lo hagan con dignidad y como un hecho histórico pasado, based on past events.

[1] La “escalera cíclica de la violencia de género en la adolescencia”, enunciada por la doctora en sociología  andaluza Carmen Ruiz Repullo explica cómo se produce  la violencia de género en la población más joven.

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