Cartel de La Boheme.
Cartel de La Boheme.

Que no pase un día sin que el corazón le arranque su secreto.

Juan Ramón Jiménez

Mi abuelo era pintor autodidacta. Aún recuerdo el olor de su pequeño taller en la Calle Sacramento de Cádiz. Lo admiraba, como admiro a mi padre o a mi tío por seguir su estela insobornable. Mantuvo siempre la opinión de que la forma más rápida de destruir la vocación artística era “meterse a que te enseñen”. Aunque me obligo a discrepar en gran medida, pues de lo contrario mi forma de vida no tendría coherencia, cohesión ni adecuación (véanse las propiedades textuales, pues es así como veo yo la existencia, como un largo texto a completar).

En lo profundo de mi alma, siempre pugnando por salir y romperme los esquemas, siento como mi abuelo. Y es que soy una bohemia. O eso me espetaron el otro día, como si de un insulto se tratase. Aquel que así considera mi forma de actuar y de ser, no me hiere, sino que me halaga y me favorece, sin duda. No quiero cambiar ni tatuarme una calculadora en la frente. Si me ven así en unos años, por favor, les ruego que me recuerden de dónde vengo y para qué elegir ser lo que soy.

Cada año, a estas alturas del curso, cuando los del gremio ya estamos decepcionados, desvencijados y rotos, los verbos copulativos adquieren un valor inusitado: otorgan de forma tangible cualidades al sujeto, y servidora es un sujeto (o una sujeta, por aquello de la gilipollez en el lenguaje imperante, a pesar de las manadas de traiciones a mi género por parte de la justicia). Docente soy. Profesora de Secundaria y Bachillerato, parezco. Y enfadada y triste, estoy. Pero no con los habitantes de los pupitres, sino con un sistema putrefacto y arcaico, al que rendimos pleitesía desde dentro, como células enfermas, con asco y servidumbre. Los estómagos agradecidos por contagio pululan por los pasillos y los despachos de los desertores de la tiza, y cada junio cientos de alas cercenadas se entierran intactas bajo toneladas de apatía y titulitis.

Los estómagos agradecidos por contagio pululan por los pasillos y los despachos de los desertores de la tiza, y cada junio cientos de alas cercenadas se entierran intactas bajo toneladas de apatía y titulitis.

En mi asignatura, Lengua Castellana y Literatura (muy mal planteada en los planes de estudios, con grandes profesionales desaprovechados, doy fe), por ejemplo, valoro en el alumnado la buena disposición, la voluntad de comprender, la sensibilidad y el amor hacia aquellos autores que, a pesar de ser nombres momificados (sí, los clásicos imprescindibles), dejan su huella en ellos de una forma u otra. Nos seguimos enamorando de imposibles, desde Quevedo hasta Marwan (ay, Dios).

Y partiendo de que estamos inmersos en unos tiempos en los que leer no es importante, ni escribir tampoco, si hay chicos y chicas que quieren acercarse, que muestran un mínimo interés, es necesario prender la llama, animar el fuego, avivar el calor. Olvidar las medias estrictamente numéricas que dejan a veces en nada lo que es imposible demostrar en un cuadrante. Lo invisible. Lo inasible. Lo que de verdad importa. ¿Ven? Pura bohemia, más allá de la utopía de volver a lo que ya no existe.

Hasta aquí un año más, o un curso menos. Quién sabe. Me aplico la más feroz autocrítica, y sé que he vivido cursos mejores (de la conciliación familiar, la falta de empatía, la burocracia y otras sombras, hablaré en otro artículo si me lo permiten). Se fueron otras experiencias, buenas y no tan buenas, siempre con mis iguales y mis “superiores”. Como soldada rasa me debo al Gran Hermano. Y si me ha faltado brillo y me venció el desánimo en días contados, lo profesionalmente bohemio es que no se note nada. Así lo procuré.

Y si me ha faltado brillo y me venció el desánimo en días contados, lo profesionalmente bohemio es que no se note nada.

Y mi abuelo, el que fue bohemio de verdad, solo funcionario para sí mismo, ya no está. Y echar de menos sus sentencias, aunque discrepe, conforma un carácter al que no quiero renunciar. En un par de meses comenzaré en un nuevo centro, con caras nuevas, e intentaré defender mi proyecto de enseñante desde la devoción y la dignidad, como siempre. Y si la forma más rápida de destruir la vocación artística (al fin y al cabo, vivir y tomar las decisiones correctas, es siempre un arte) es “meterse a que te enseñen”, procuraré ser guía, más que maestra de nada.

Feliz verano a todos los docentes que lo son, y a los que están dispuestas a serlo.

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