Una imagen de Azorín, en el Congreso de los Diputados en 1927. Foto: TVE.
Una imagen de Azorín, en el Congreso de los Diputados en 1927. Foto: TVE.

Azorín murió en 1967 como una vieja gloria de la literatura castellana. El público y la crítica le conocían por sus numerosos libros sobre los paisajes peninsulares, o por los miles de artículos periodísticos publicados a lo largo de su dilatada carrera. El reconocimiento de su ancianidad poco tenía que ver con las penalidades de su juventud, cuando, en medio de la mayor precariedad económica, había intentado abrirse paso en el mundo de las letras casi como si fuera un gladiador. Tenía tantas ganas de triunfar, fuera como fuera, que no dudó en firmar textos escandalosos con tal de atraer la atención.

En el terreno político, había pasado de ser un compañero de viaje del anarquismo a respaldar a un político conservador como Antonio Maura. Su ideología se basó cada vez más en una crítica a la democracia y el parlamentarismo, a partir de una desconfianza radical en el pueblo como sujeto político: “Las multitudes no pueden ser soberanas ni directoras”, escribió en ABC. Por tanto, había que sustituir el poder democrático por el de las élites, en la línea de ultraconservadores como Charles Maurras y Maurice Barrès.

Tras convertirse en una estrella, Azorín logró adaptarse camaleónicamente a los distintos regímenes políticos aunque eso no significa que en su interior los aceptara. ¿Cómo explicar este enigma? Tal vez a partir del prólogo de Pío Baroja a su obra dramática La fuerza del amor, publicada en 1901. El autor, según el escritor vasco, era consecuente consigo mismo pero no con los demás. Rechazaba que las ideas y los sentimientos humanos dependieran de cualquier plan preconcebido. Esta idea, para Baroja, empujaba a ser inconsecuente, algo que a él no le parecía por fuerza negativo: “¿Por qué no ha de cambiar el plan y orientación de nuestra vida, si lo que hoy nos parece bien nos puede parecer mal mañana?”.

Desde esta óptica, un cambio radical de ideología no equivale a transfuguismo si detrás hay una sincera búsqueda de la verdad. Cuando nuestro entorno cambia, la representación que hacemos de esa realidad debe modificarse también. Baroja, por tanto, cree que no hay que extrañarse de que alguien pudiera pasar de “anarquista de alma” a “reaccionario de corazón”.

En 1931, sin embargo, Azorín saludó con esperanza la Segunda República y se aproximó al federalismo. No tardó en decepcionarse del nuevo régimen, inquieto ante la polarización social y la violencia política. Durante este periodo defendió al polémico empresario y conspirador Juan March, que le parecía injustamente perseguido por el Gobierno por razones políticas. Exiliado durante la Guerra Civil, a su regreso a España apoyó al general Franco.

Entre la amplia producción azoriniana, sin duda brilla con luz propia La Andalucía trágica, un amplio reportaje, dividido en cinco artículos, donde mostraba en términos impactantes y crudos la miseria del campesinado a principios del siglo XX. Las masas tenían hambre y vivían en medio de una angustia continua y una completa impotencia. Entre propietarios y jornaleros mediaba un abismo insalvable, como si no fueran dos clases sociales sino dos especies distintas. Los poderosos temían a los desposeídos. Los desposeídos, a su vez, correspondían con el mismo sentimiento de hostilidad. El amo, por definición, era el enemigo. Mientras tanto, la clase política permanecía ajena al dolor del pueblo y a sus necesidades más básicas. Con un panorama semejante, cualquier esperanza en una próxima reconstrucción de España se convertía en un simple espejismo.

Como si fuera un historiador oral, Azorín interroga a seis habitantes de la localidad de Lebrija acerca de la situación de las gentes anónimas. Uno de ellos, Antonio, le expone su remedio. El Estado debería promover una reforma agraria, expropiar los terrenos baldíos y venderlos a los campesinos por una cantidad a satisfacer en largos plazos. Por otra parte, se necesitaba un sistema crediticio, a través de cajas y bancos que en ese momento aún no existían, para financiar a los agricultores. Estas demandas se habían planteado una y mil veces, pero el Gobierno sólo conocía una respuesta: enviar a la Guardia Civil para acallar con la represión cualquier protesta.

Este interés por el campo andaluz se basa en una determinada concepción del pasado. Para Azorín, debemos tener en cuenta el relato acerca de los grandes hombres a la vez que miramos más allá, hacia la “trama sutil y delgada que el pueblo ha ido tejiendo”. Historiar significa, pues, también abrir nuestro relato a las gentes sin poder. Es por este planteamiento que José María Valverde, en un importante libro, le considera un precursor. Al defender que el estudio del pasado no debe ocuparse solo de reyes y batallas, también de las ciencias, de las letras, del comercio, de la industria, de las costumbres… Martínez Ruiz habría propugnado una forma de historiar que en España sólo alcanzaría la madurez con la llegada de Vicens Vives.

Sin embargo, conforme se hace mayor, Azorín se muestra menos combativo. La lectura de Judit, una obra de teatro escrita en 1925 pero que permaneció inédita hasta 1993, muestra cómo no se atreve a mirar cara a cara los graves problemas sociales. Tanto es así que el lector no puede evitar una profunda sensación de escamoteo. El argumento se centra en el antagonismo entre un líder obrero y el presidente del Consejo de Ministros. Están en lados opuestos de las barricadas, pero resulta que son hermanos. El simbolismo es claro: hay un lazo que une a todos los hombres por encima de sus opciones políticas. La solución a los problemas del mundo no pasa por la lucha de clases sino por conceptos más etéreos. La protagonista, Judit, sólo tiene el recurso de la evasión ante el drama de la miseria y la muerte, como si por cerrar los ojos los datos cotidianos fueran a ser distintos: “¡Vivir en el ensueño! ¡Yo quisiera soñar siempre! ¡Soñar! ¡Soñar! En un mundo que no hubiera lágrimas ni dolores…”.

Azorín se ha convertido en un espectador que mira el conflicto sin tomar partido. Está prisionero de una lógica fatalista paralizante, seguro de que nada sucede que no deba suceder. Se refugia por ello en el esteticismo, incapaz de aportar nada constructivo para un país que necesitaba con urgencia cambios profundos. No obstante, bien mirado, ¿acaso no es la estética el territorio propio del artista? ¿Por qué deberíamos exigirle que se meta a reformador social?

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído